Mes: septiembre 2018

Los orígenes del socialismo

Publicado en l’Ére Nouvelle, el 18 de julio y el 13 y el 27 de agosto de 1848. Al tratar de los orígenes del socialismo hemos reunido bajo ese nombre las diversas escuelas que lo profesan, a las que no podíamos separar para iniciar una controversia con cada una de ellas. Si muchos socialistas no son más que discípulos tardíos de los peores errores del paganismo, hay otros que tienen más de un punto de contacto con las tradiciones cristianas, y cuyo error principal es dar nombres nuevos a virtudes antiguas, hacer obligatorios los consejos del Evangelio, y querer establecer en la tierra el ideal del cielo. No ignoramos cuán generosas son esas ilusiones, pero vemos el peligro que entrañan. Como todas las doctrinas que han perturbado la paz del mundo, el socialismo no tiene fuerza más que por las muchas verdades que contiene mezcladas con muchos errores. Esa confusión le presta una apariencia de novedad que asombra a las mentes débiles. Esas enseñanzas se verán libres de todo peligro cuando se hayan mostrado, por un lado, las verdades antiguas que no esperaron a las luces del siglo XIX para ser conocidas, y, por otro lado, los errores antiguos muchas veces juzgados por la conciencia de los seres humanos y condenados por la experiencia de los pueblos. Es ya hora de mostrar esas diferencias y de buscar lo que...

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Los peligros de Roma y sus esperanzas

Publicado en Le Correspondant, el 10 de febrero de 1848. Algunos amigos han tenido a bien animarme a presentar mis ideas sobre la situación actual del hermoso país que visité hace unos meses. No fui a Italia más que en busca de descanso y a ver los monumentos, más instructivos que los libros. Pasé el tiempo en las catacumbas, en las antiguas basílicas cristinas, en los archivos. No llevé allá ni el hábito ni el gusto por los estudios políticos, y no he vuelto de allá con la ambición de juzgar los sucesos, y aún menos de predecirlos. ¿Pero cómo podría atravesar las ciudades, en otros tiempos tan tranquilas, hoy tan agitadas; cómo pasar por calles adornadas con banderas, por delante de puertas cubiertas con inscripciones en honor de “Pío IX liberador”; cómo oír los gritos de un pueblo sin poner atención, sin interesarse por su resurgimiento? Me mezclé con aquella muchedumbre apasionada pero creyente, la seguí en las primeras fiestas de la libertad, que eran también las de la religión. Al mismo tiempo tuve el honor de conversar con algunos de los grandes ciudadanos cuya moderación será la salvaguardia de las reformas italianas. En fin, Dios me dio la gracia de ver de cerca, de hablar con ese gran papa, haber vivido bajo el cual será la envidia de nuestros nietos, y nos reprocharán tal vez no haberlo...

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Las dos repúblicas

Publicado en l’Ére Nouvelle, el 23 de abril de 1848. De este caos electoral que se agita bajo la mano de Dios, con gran inquietud entre los hombres, solo puede salir la república. Pero en las mentes hay dos repúblicas, y ambas son posibles: una que no queremos, la otra que sí queremos, y que es la que esperamos fundar. El principio de la soberanía del pueblo, del que proceden todas las constituciones republicanas, puede entenderse, en efecto, de dos maneras. La primera, que declara soberano al pueblo, no reconoce ningún señor invisible, ningún juez que reforme sus propios juicios, ninguna ley superior a sus voluntades. Pero como esas voluntades no pueden ser unánimes, la soberanía reside solo en la mayoría, son los sufragios, es el número de votos lo que constituye el derecho, y lo hace sin tener en cuenta las opiniones disidentes, a las que puede contradecir y ahogar. Pues el pueblo es una persona moral imperecedera, ante la que se desvanecen las personas mortales, creadas para él, destinadas solo a servirle para conservarlo y engrandecerlo. Como el pueblo no tiene obligaciones, no hay derecho válido contra él, no hay refugio, ni en la palabra ni en la conciencia. Así lo entendía la antigüedad pagana. Y en efecto, cuando el paganismo divinizaba a la patria, cuando creía que el genio de la ciudad estaba realmente presente en...

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De los peligros de la caridad

Publicado en l’Ére Nouvelle, el 29 de octubre de 1848. A medida que vamos penetrando en los temas atractivos de la economía política, hacia los que nos empujaba la vista de los males públicos, sentimos tanto más su interés, pero no disimulamos sus peligros. El siglo en el que estamos ha olvidado hasta tal punto el lenguaje cristiano de nuestros padres que es difícil hablarlo sin adular involuntariamente las pasiones de los malos ciudadanos, y sin herir la timidez de las personas honradas. Cuando nos conmueven los avances del pauperismo, cuando nos arranca un grito de alarma esa desgracia que introduce el hambre y el vicio en tantos hogares desolados, cuando pedimos para aliviar tantas necesidades no solo recursos sino reformas justas, sufrimos el inconveniente de ver que se nos alaba por parte de escuelas de pensamientos con las que no tenemos nada en común, y que piensan que somos de los suyos porque se creen los únicos guardianes de los intereses del pueblo. Pero sentimos también el dolor muy vivo de provocar los reproches de muchos cristianos, con los que tenemos todo en común, a excepción de ese terreno limitado y conflictivo de las opiniones políticas, y que tienen la desdicha de mirar como novedades las verdades mismas con las que fueron criados, en las que encontraron su altura de espíritu y la generosidad de su carácter. Sí,...

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De la limosna

Publicado en l’Ére Nouvelle, en diciembre de 1848. Es una tesis preferida por los socialistas denunciar la limosna como uno de los abusos detestables de la sociedad cristiana, pues, dicen, la limosna insulta al pobre, porque le humilla, porque no le permite partir su pan negro sin tener que reconocer que se lo debe a los que se dicen sus bienhechores y, al convertirse en deudor de ellos, deja de ser su igual. De ahí concluyen que la limosna, lejos de consagrar la fraternidad, la destruye, porque ella crea, por así decirlo, el patriciado del que la da, el ilotismo del que la recibe[1]. Lo que los socialistas reclaman para los oprimidos por la miseria es una distribución de los bienes que les satisfaga y que no cree dependencia en ellos, es una legislación que les deje sin deudas hacia la sociedad; no es caridad lo que quieren, es justicia. No podemos dejar de reconocer la habilidad de una doctrina que con toda seguridad se cubrirá de aplausos siempre que se exprese en las discusiones públicas, pues esa doctrina se dirige al más tenaz de los sentimientos humanos, al que palpita lo mismo bajo los harapos que debajo del oro y de la seda; queremos decir, el orgullo. Sí, esa es la eterna esperanza del orgullo humano: desligarse de todo lo que obliga, porque toda obligación implica dependencia; pero...

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