Publicado en l’Ére Nouvelle, en septiembre de 1848

Al día siguiente de las jornadas de junio, cuando las ruinas del cercado de Saint-Lazare y de la Bastilla todavía echaban humo, “L’Ère Nouvelle”, que una popularidad inesperada difundía por los barrios de París, aprovechaba la ocasión para dirigirse a los insurgentes desarmados, con un lenguaje sin pelos en la lengua, pero que tampoco les irritaba, y para enseñarles a que, en adelante, conocieran mejor a los grandes culpables que les habían engañado. La gente de bien alababa la firmeza de nuestras palabras, nos hizo el honor de encontrar en ellas cierta calidez de corazón y una pasión sincera por los intereses del pueblo. Hoy, les pedimos la misma indulgencia, pues es con ellos con los que tenemos que tratar. Ahora, que el aparato del vivaque ya no entristece nuestros bulevares, ahora que la tempestad parlamentaria de la investigación se ha descargado de todo lo que tenía de tormentoso, podemos no seguir callando las verdades que han dejado de ser peligrosas, y dirigir a los buenos ciudadanos una página más emocionada que de costumbre, sin temor a que los malvados la recojan y sirva para cargar los fusiles de las barricadas.

Se ha dicho a la gente de bien que había salvado Francia, y nosotros no pensamos que se les haya halagado pues, en nuestra opinión, la gente de bien es Francia misma, descontando a los egoístas y los facciosos. Es la inmensa mayoría de los ocho millones de electores la que ha dado al país su asamblea; son los ocho cientos mil Guardias Nacionales los que en junio se levantaban para defenderla. Pero no basta con haber salvado Francia una o varias veces: un gran país necesita que se le salve todos los días. La Providencia, que ha decidido tenernos en vilo, permite que el peligro suceda al peligro. Vosotros vais y venís tranquilamente de un extremo a otro de la ciudad pacificada. Pero el peligro, del que os felicitáis por no verlo más en las calles, se ha escondido en los desvanes de las casas que las bordean. Habéis aplastado la revuelta; os queda un enemigo que no conocéis suficientemente, del que no os gusta que os hablen, y del que hemos decidido hablaros hoy: LA MISERIA.

Vosotros quisisteis la disolución de los talleres nacionales, y tenéis razón. Os alegráis de no ver más los jardines públicos llenos de trabajadores que se juegan al chito la paga de su ociosidad, y las plazas surcadas por grupos de obreros reunidos bajo una bandera en la que está inscrita la organización del trabajo, y que llevaba la ruina en sus pliegues. Sin embargo, ¿pensáis que porque los jardines y las plazas están vacías, los talleres particulares están llenos, y que ha bastado, como aseguraban los ingeniosos, despedir las obras de la nación para hacer surgir de la tierra las construcciones, hacer sonar el gremio de los tejedores, y hacer que las chimeneas de todas las fábricas echen humo? Ya hace dos meses que la industria goza de esa paz que debía devolverle la vida, y en Paris el número de individuos sin trabajo a los que hay que salvar del hambre se eleva todavía a doscientos sesenta y siete mil.

Se les asiste, en efecto, y quizá el recuerdo de los cinco millones que se votaron con este objetivo y en los que respaldáis una parte, tranquiliza vuestra consciencia y satisface vuestra humanidad. Pero los que tienen el honor de ser los distribuidores de los socorros públicos sienten menos alivio. Ellos van, por ejemplo, al distrito 12, uno de los lugares de guerra de la insurrección, y entre los cerca de noventa mil habitantes, se encuentran con ocho mil hogares inscritos en la oficina de beneficencia, veintiún mil novecientos noventa y dos personas socorridas de forma extraordinaria, en total unas setenta mil personas que viven del precario pan que da la limosna. La mitad de estos barrios, toda la Montaña de Sainte-Geneviève y todo el vecindario de Gobelins, se componen de calles estrechas, tortuosas, en las que el sol no entra nunca, en las que un coche no se adentraría sin peligro, en las que un hombre de frac no pasa sin ser un acontecimiento y sin atraer hacia las puertas grupos de niños desnudos y de mujeres harapientas.

A los dos lados de un riachuelo infecto, se levantan casas de cinco pisos, de las que algunas albergan hasta cincuenta familias. Habitaciones bajas, húmedas, nauseabundas que se alquilan a razón de un franco y cincuenta céntimos por semana cuando tienen chimenea, y de un franco y veinticinco céntimos cuando no la tienen. Ningún papel, y a menudo ningún mueble, esconde la desnudez de sus tristes paredes. En una casa que conocemos de la calle de Lyonnais, diez hogares no tenían más armazones de cama. En el fondo de una especie de sótano, vivía una familia si más lecho que un poco de paja sobre el suelo desenlosado, sin más muebles que una cuerda que atravesaba la habitación; esta pobre gente colgaba en ella el pan envuelto en un harapo de tela para ponerlo a salvo de las ratas. En la habitación contigua, una mujer había perdido tres hijos, muertos por la tisis, y mostraba desesperada otros tres destinados al mismo fin. Los pisos superiores no ofrecían un aspecto más consolador. En los altillos, un desván abuhardillado sin ventanas, abierto solamente por dos agujeros que se cerraban, cada uno, con una baldosa, albergaba a un pobre sastre, a su mujer y a sus ocho hijos; por la noche reptaban hasta la paja que les servía de refugio, en el fondo de la habitación, bajo la pendiente del tejado.

No hablemos de los que tenían una suerte mejor, esos que tenían dos camas para seis personas, en las que se amontonaban en desorden sanos y enfermos, y chicos de dieciocho años con chicas de dieciséis. No hablemos de lo ruinoso de la ropa que llegaba al punto que en la misma casa una veintena de niños no podía ir al colegio por falta de ropa. Al menos, haría falta que estos desdichados encontraran en algún sitio su comida y que, si se murieran de inanición, no se diga que literalmente se han muerto de hambre en la ciudad más civilizada de la tierra. Algunos viven de los restos que, a través de las rejas del Luxemburgo, les distribuyen los cocineros de la tropa acuartelada en el castillo. Una anciana se alimentó durante ocho días de los trozos de pan que recogía entre las inmundicias y que ella empapaba en agua fría. Es cierto que la beneficencia de la nación acudía a socorrer una miseria tan cruel: los distribuidores que llaman cada diez días a la puerta de los obreros sin trabajo entregan un vale de un kilo de carne y tres kilos de pan por persona: es más o menos el valor de doce céntimos y medio al día, y esto supone, sólo para el distrito 12, la enorme cantidad de ciento noventa y ocho mil francos al mes.

Por supuesto, el barrio de Saint-Jacques y el de Jardin-des-Plantes no dan siempre el espectáculo de la misma desolación. Conocemos allí calles comerciales, casas pobres pero habitables, habitaciones estrechas pero bien cuidadas que conservan restos de una antigua holgura, muebles encerados, ropa blanca, y esa limpieza que es el lujo de los pobres. Pero la comparación se hace más dolorosa entre el recuerdo de ese bienestar, fruto de un largo trabajo y de una estricta economía, y la miseria de estos robustos obreros, de estas amas de casa activas, que se indignan de su ociosidad y que, tras largas jornadas transcurridas a las puertas de las obras y de las tiendas en las que no los contratan, se quejan por perecer tanto de aburrimiento como de necesidad. Aquí al menos, ya no hay lugar en los corazones duros, para esa excusa familiar en el sentido de que los pobres lo son por su culpa, como si la falta de luz y de moralidad no fuera la miseria más deplorable y más apremiante para las sociedades que quieren vivir. Aquí, cuando el visitante acompaña los auxilios oficiales con una palabra que cubre la insuficiencia humillante, a medida que penetra en la intimidad de las familias, encuentra en ella menos simpatía que reprobación hacia la insurrección, menos nostalgia por el club que por el taller. El pequeño número de personas cuyo espíritu enfermo alimenta todavía sueños incendiarios acaba por entablar una conversación amistosa y sensata, y por creer en esas virtudes de las que se les había hecho odiar el nombre: la caridad, la resignación, la paciencia. Entre estas gentes de las afueras que acostumbramos a representar como un pueblo sin fe, son muy pocas las que no tienen en la cabecera de su cama una cruz, una imagen, un ramo bendecido, aunque hayan muerto en el hospital por las heridas de junio sin haber abierto sus brazos al sacerdote y su corazón al perdón. En los desvanes infectos, y en los mismos descansillos en los que están la pereza y el desenfreno, hemos visto las virtudes domésticas más amables, con la delicadeza y la inteligencia que no siempre se encuentran bajo los techos dorados; un pobre tonelero, septuagenario, cansando sus viejos brazos para alimentar al niño que le dejó un hijo muerto en el vigor de la vida; un joven sordomudo de doce años, cuya instrucción ha llegado al punto que empieza a leer, que reza, que conoce a Dios. Nunca olvidaremos un cuarto humilde, pero arreglado con esmero, en el que una buena mujer de Auvernia, vestida con el traje de su tierra, trabajaba con sus cuatro hijas jóvenes, limpias, modestas y que sólo levantaban los ojos de su labor para responder educadamente a las preguntas del forastero. El padre era solo un peón que servía a los albañiles; pero la fe que esta buena gente había conservado de sus montañas iluminaba su vida, como el rayo de sol que se deslizaba a través de su ventana y que iluminaba las imágenes santas pegadas en las paredes.

Uno se aterroriza y con razón por esa multitud de niños que crecen para el desorden y para el crimen, sin otra educación que los ejemplos del cabaret y las tentaciones de la plaza pública. No es suficientemente conocido que en el distrito 12, cuatro mil chicos y chicas no van al colegio, por falta de plazas en las escuelas. No se sabe que el barrio Saint-Marceau tiene sólo un asilo cuya puerta queda cerrada para mil quinientos niños de entre dos y siete años. Ante estas tristes cifras, no creeríamos que la comisión de los asilos y el consejo municipal cuestionen a la caridad privada el derecho de acoger a los niños e instruirles, y que no se encuentren los treinta mil francos necesarios para fundar diez escuelas más, mientras que se autoriza al teatro Saint-Marcel a que reanude sus representaciones, y a una nueva sala de espectáculos a abrirse en la miserable calle de Grand-Banquier.

He aquí los males, no de un solo distrito, sino de varios distritos de París; no sólo de París sino de Lyon, de Rouan, y de todas las ciudades manufactureras del Norte. He aquí los peligros del presente, ¡imaginaros lo que traerá el invierno, cuando la dureza de la estación suspenda lo poco que queda de las obras de construcción, y arroje a cuarenta mil parados más por las calles de la capital! Por supuesto, no tenemos la costumbre de hacernos eco de las alarmas públicas; pero no podemos olvidar estas palabras de una hermana de la Caridad: “Yo temo mucho a la muerte, decía, pero aun temo más al próximo invierno.” Y nosotros también lo tememos; y, al bajar, por esas escaleras destartaladas, en cada piso en que hemos visto tanto sufrimiento presente, tantos peligros para el porvenir, no hemos podido retener nuestro dolor, hicimos la promesa de avisar a nuestros conciudadanos, y es necesario que ellos nos permitan dirigirnos a ellos con la franqueza de la gente con corazón y decirles:

Sacerdotes franceses, no os ofendáis por la libertad de unas palabras laicas que hacen una llamada a vuestro celo de ciudadanos. La muerte del arzobispo de París os cubre de honores, pero también os deja un gran ejemplo. Los que os han visto durante el cólera de 1852 y en las ambulancias de junio no pueden dudar de vuestro valor; y cuando hombres como los Señores Fissiaux, de Bervenger, Landmann, tales como los trapenses de Staouëli han tomado la iniciativa de las reformas penitenciarias, de la educación profesional, de las colonias agrícolas, ya no se puede cuestionar vuestra competencia. Desde hace quince años, varios de vosotros os habéis consagrado al apostolado de los obreros y, al pie de los árboles de libertad que les han hecho bendecir, han reconocido que no trataban con un pueblo ingrato. Desconfiad de los que le calumnian, de los que os cuentan sus lamentos, sus esperanzas, sus profecías, de todo lo que hace consumir en pensamientos inútiles las horas que vosotros debéis a nuestros peligros y a nuestras necesidades. Desconfiad sobre todo de vosotros mismos, de las costumbres de una época más apacible, y dudad menos del poder de vuestro ministerio y de vuestra popularidad. Se os debe esta justicia, que amáis a los pobres de vuestras parroquias, que acogéis con caridad al indigente que llama a vuestra puerta, y que no os hacéis esperar si él os llama a la cabecera de su cama. Pero ha llegado el momento de que os ocupéis más de esos otros pobres que no mendigan, que normalmente viven de su trabajo y a los que nunca se asegurará su derecho al trabajo ni el derecho a la asistencia, que están necesitados de socorro, de consejo y de consuelo. Ha llegado el momento de ir a buscar a aquellos que no os llaman, que, confinados en los barrios de mala fama, quizá no hayan conocido nunca ni la Iglesia, ni al sacerdote, ni el dulce nombre de Cristo. No preguntéis como os recibirán, o más bien preguntadlo a los que les han visitado, a los que se han aventurado a hablarles de Dios, que no les han encontrado más insensibles que los demás hombres a una palabra buena y a las buenas acciones. Si vosotros tenéis miedo de vuestra timidez, de vuestra inexperiencia y de la insuficiencia de vuestros recursos, asociaros. Aprovechad las nuevas leyes y formad sociedades caritativas de sacerdotes. Agotad el crédito que os queda ante tantas familias cristianas, presionadles a tiempo, a destiempo, y creed que forzándoles a despojarse por ellas mismas, vosotros les ahorráis el disgusto de ser despojadas por manos más rudas. No os asustéis cuando los malos ricos, ofendidos por vuestros discursos, os traten de comunistas, como se trataba a San Bernardo de fanático e insensato. Recordad que vuestros padres, los sacerdotes franceses de los siglos XI y XII, salvaron a Europa mediante las cruzadas; volved a salvarla otra vez mediante la cruzada de la caridad y, puesto que ésta no derramará sangre, sed sus primeros soldados.

Ricos,

– Pues si vuestro número ha disminuido, nosotros conocemos provincias a las que la pobreza pública sólo las ha rozado, y fortunas sobre las que ha pasado como una nube, -durante los primeros meses de una revolución de la que nadie podía marcar los límites, se os pudo perdonar por prever el porvenir, por pensar en vuestros hijos, y por reunir el ahorro necesario para la posibilidad de expolio y exilio. Pero la previsión tiene sus límites, y El que nos ha enseñado a pedir el pan de cada día, nunca nos aconsejó asegurarnos diez años de lujo. Vivimos en días sin ejemplo, en los que puede ser sabio sacrificar el futuro al presente y la economía a la necesidad de la circulación. Volved a abrir las fuentes de ese crédito del que acusáis el agotamiento. Gastad, no os neguéis para nada vuestros placeres legítimos en un momento en el que pueden hacerse meritorios.- Dad la limosna del trabajo, y dad también la de la asistencia. No temáis perjudicar al pequeño comercio vistiendo con vuestro peculio a esos miles de pobres que, por supuesto, no comprarán ni ropa ni calzado antes de seis meses. Donad para los asilos y las escuelas, y no os olvidéis de esas casas de refugio, esas providencias, esas tres casas del Buen Pastor, obligadas a reducir a una cuarta parte, a una décima parte, el número de sus penitentes, y de cerrar sus puertas al arrepentimiento, cuando Dios les abre las puertas del cielo.

Representantes del pueblo,

Respetamos la grandeza y la dificultad de vuestros deberes. Nosotros no somos de esos que, por la temeridad de sus acusaciones, tienen la desgracia de debilitar el último poder capaz de salvar a la sociedad. Vosotros proseguís, con justa lentitud, vuestra obra, por la que la historia os alabará el haber consumido meses, si habéis trabajado para los siglos. Pero no habréis trabajado para un día, si habéis descuidado esta formidable cuestión de la miseria, que no soporta ningún retraso. No creáis haber hecho bastante, por haber votado subsidios que acaban de agotarse, regulado las horas de trabajo, cuando el trabajo no es aún más que un sueño, y rechazado el descanso del domingo a obreros que os reprochan la ociosidad de sus semanas.

No digáis que os falta la inspiración. Conocemos entre vuestras filas a espíritus excelentes, y en vuestros ficheros, propuestas fecundas. Las familias de los deportados, es decir cerca de cuatro mil personas, os apremian para que las reunáis a sus jefes y les saquéis de esos barrios donde sólo dan el peligroso espectáculo de su pobreza y de su resentimiento. Una petición firmada por veinte mil hombres os suplica que les forméis en colonias agrícolas para Argelia. Las landas de Bretaña y las tierras incultas del sur de Francia os piden cien mil brazos que, retirados de la industria, supondrían menos competidores en los talleres abarrotados, y proporcionarían otros tantos defensores de la propiedad combatida. No ignoramos ni los obstáculos ni las rivalidades, ni las imperfecciones que detienen cada proyecto y que eternizan los debates. Pero nunca hemos visto que los grandes poderes fueran instituidos por circunstancias fáciles; consideramos que las rivalidades de amor propio deben borrarse ante la necesidad pública y que, finalmente, más vale hacer de forma imperfecta, que no hacer nada.

No digáis que os falta tiempo. Bajo los tiroteos de la insurrección, la Asamblea nacional pedía a la noche las horas que le negaba el día. Se os veía en todas las barricadas, arengando a los facciosos, animando a los defensores del orden, y la historia no olvidará ni a los que entre vosotros perdieron la vida, ni a los que salvaron la vida a sus conciudadanos. ¿Por qué no se os ve donde está el peligro del momento actual? ¿Por qué no arrancaríais vuestras mañanas a los solicitantes que os disputan para visitar también esos barrios desheredados, para subir esas escaleras oscuras, penetrar en esas habitaciones desnudas, ver con vuestros propios ojos lo que sufren vuestros hermanos, enteraros de sus necesidades, dejar a esa pobre gente el recuerdo de una visita que honra y consuela su desgracia, y finalmente volver a bajar penetrados por una emoción que ya no soportará más esperas, que os pondrá fuego en los labios y estremecimiento en la Asamblea, que la forzará, si hace falta, a declararse permanentemente, y a no separarse sin haber vencido la miseria, como en la memorable noche del 24 de junio en que ella venció la revuelta?

Por último, no digáis que os falta el dinero. Cuando haya que sacarlo fuera de los recursos habituales, cuando no tengáis nada que esperar de la economía y del crédito, esperad todavía la generosidad de Francia. Anunciadle abiertamente las medidas que la salvarán, y el déficit que retrasa su ejecución. Abrid una suscripción nacional para los obreros sin trabajo, no sólo de París, sino de todas las provincias. Ponedla bajo la tutela y el control de vuestros más grandes ciudadanos, los más ilustrados, los más respetables. Que vuestros novecientos nombres tengan el honor de figurar entre los primeros; que los obispos que están en la Asamblea inviten a sus colegas y a los treinta mil curas de Francia a anunciar la suscripción en todos los púlpitos; que el ministro del interior ordene a los cuarenta mil alcaldes a publicarla, a popularizarla en todos los municipios; recibid tanto en especie como en metálico; que las cuentas sean públicas y rendirlas frecuentemente; haced de ello un asunto de seguridad para los tímidos, de patriotismo, de caridad para todos, y me sorprendería que quedara algún financiero que os niegue un billete bancario, y un campesino que no os traiga un puñado de trigo.

Ciudadanos de toda condición,

Vosotros a los que el rigor de los tiempos os ha suprimido lo superfluo, y vosotros que carecéis de lo necesario, vosotros podéis más que los demás por los males que conocéis. Todos los que tienen la experiencia de la beneficencia pública saben que nadie socorre mejor a los pobres que los mismos pobres. A falta del óbolo que la Providencia no dejará que falte, vosotros os debéis unos a otros la asistencia mutua de los buenos oficios y de los buenos ejemplos. Cuando otros lleven al tesoro público oro a manos llenas, vosotros habréis merecido mejor la patria dando el espectáculo de la devoción, de la resignación y de la esperanza. El Cristianismo ha hecho de la esperanza una virtud, haced de ella el guardián de esta sociedad amenazada. Finalmente, guardaros, pues es el peligro de las almas honestas y de los corazones elevados, guardaros de desesperar de este siglo, apartaros de esos desánimos que renuncian a emprender nada cuando asisten, dicen, a la decadencia de Francia y de la civilización y que, a fuerza de anunciar la ruina próxima de un país, acaban por precipitarla.