Publicado en l’Ére Nouvelle, en diciembre de 1848.

Es una tesis preferida por los socialistas denunciar la limosna como uno de los abusos detestables de la sociedad cristiana, pues, dicen, la limosna insulta al pobre, porque le humilla, porque no le permite partir su pan negro sin tener que reconocer que se lo debe a los que se dicen sus bienhechores y, al convertirse en deudor de ellos, deja de ser su igual. De ahí concluyen que la limosna, lejos de consagrar la fraternidad, la destruye, porque ella crea, por así decirlo, el patriciado del que la da, el ilotismo del que la recibe[1]. Lo que los socialistas reclaman para los oprimidos por la miseria es una distribución de los bienes que les satisfaga y que no cree dependencia en ellos, es una legislación que les deje sin deudas hacia la sociedad; no es caridad lo que quieren, es justicia.

No podemos dejar de reconocer la habilidad de una doctrina que con toda seguridad se cubrirá de aplausos siempre que se exprese en las discusiones públicas, pues esa doctrina se dirige al más tenaz de los sentimientos humanos, al que palpita lo mismo bajo los harapos que debajo del oro y de la seda; queremos decir, el orgullo. Sí, esa es la eterna esperanza del orgullo humano: desligarse de todo lo que obliga, porque toda obligación implica dependencia; pero esa es una esperanza siempre frustrada. No, no conocemos un solo hombre, por bien provisto que esté de los bienes de este mundo, que pueda irse a dormir una noche pensando que no debe nada a nadie. No conocemos hijos que hayan pagado jamás lo que deben a sus madres, ni honrado padre de familia que un buen día descubra que no debe nada al amor de su mujer y a la juventud de sus hijos. Aunque tuviéramos el honor de morir por nuestro país, la Providencia no ha permitido que las relaciones sociales se equilibren como el activo y el pasivo de un comercio bien llevado, y que los asuntos de la humanidad estén tan regulados como un libro de doble contabilidad. El arte de la Providencia, y su esfuerzo, por así decirlo, es, por el contrario, relacionar el pasado con el futuro, unas generaciones con otras, el ser humano con el ser humano, por una serie de acciones buenas que crean obligación, y de servicios que no se pueden pagar.

¿Cómo no se ve, en efecto, que los grandes servicios sociales, los que no faltan jamás en una nación, no pueden ni comprarse, ni venderse, ni ponerles un precio, y que, si la sociedad retribuye a los que los prestan, no intenta pagarles, sino solamente mantenerlos? ¿O tal vez se crea que se ha pagado al párroco, al que el estado da cien escudos[2] al año para ser el padre, el maestro, el consuelo de una pobre aldea perdida en las montañas, o al soldado, que recibe cinco sous[3] cada día para morir bajo la bandera? Pero el soldado da a la patria la limosna de su sangre, el sacerdote la de su palabra, de su pensamiento y de su corazón, que jamás conocerá las alegrías de una familia propia. Y la patria por su parte no les hace la injuria de hacerles creer que les paga; les da la limosna que les permitirá mañana volver a comenzar su humilde entrega de hoy, a volver junto al lecho del enfermo de cólera, o a exponerse al fuego de los beduinos[4].  Y esto que venimos diciendo es tan cierto sobre todo aplicado a los sacerdotes, que la Iglesia, al aceptar los estipendios de misa, nunca ha permitido que se reciban como si se tratara de un salario, sino como una limosna, y que las grandes órdenes religiosas de la Edad Media, las más sabias, las más activas, hicieron profesión de ser mendicantes. No se diga, pues, que la limosna humilla al pobre, si le trato como al sacerdote que me bendice y como al soldado que se hace matar por mí.

La limosna es pues la retribución de los servicios que no tienen salario. Pues a nuestros ojos el indigente al que asistimos no será nunca el hombre inútil que suponen los socialistas. En nuestra fe, el hombre que sufre sirve a Dios, y por consiguiente sirve a la sociedad igual que los que oran por ella. Cumple a nuestros ojos un ministerio de expiación, un sacrificio cuyos méritos recaen sobre nosotros, y nosotros tenemos menos confianza, para proteger nuestras cabezas, en los pararrayos de nuestros tejados que en la oración de esa mujer y de esos niños que duermen sobre un montón de paja en la buhardilla[5].

Y no se diga que, si nosotros consideramos la miseria como un sacerdocio, queremos perpetuarla. La misma autoridad que nos informa de que siempre habrá pobres entre nosotros[6], es la que también nos ordena hacer todo lo posible para que no haya pobres[7]. Es precisamente “esa eminente dignidad de los pobres en la Iglesia de Dios”, como dice Bossuet[8], lo que hace que nos postremos a sus pies. Cuando se rechaza con tanta fuerza en crear una obligación en el pobre que recibe limosna, me temo que no se ha experimentado nunca que la limosna obliga también al que la da. Los que conocen el camino que lleva a la casa del pobre, los que han pisado el polvo de sus escaleras, los que no llaman jamás a una puerta sin un sentimiento de respeto, saben que al recibir de ellos el pan, como recibe de Dios la luz, el indigente les honra; saben que se pueden pagar las entradas a los teatros y a las fiestas públicas, pero que nada pagará jamás las dos lágrimas de alegría en los ojos de una madre pobre, ni el apretón de manos de un hombre honrado a quien se ha ayudado para que pueda volver a trabajar. Por desgracia, todos nosotros estamos sujetos a muchas actitudes de superioridad y de brusquedad en el trato con la gente trabajadora. Pero hay muy pocos tan desprovistos de sentimientos de delicadeza como para tratar con brusquedad al desgraciado al que ayudan, como para no comprender que la limosna compromete al que la da, y para que jamás se le pueda acusar de que su acto bienhechor merece reproches.

Cuando se dogmatice contra la caridad, al menos se debe cerrar la puerta a los corazones retorcidos que se sienten muy contentos de poder armarse con las palabras de los socialistas contra nuestros actos importunos. Pero sobre todo se debe cerrar la puerta a los pobres: no se convierta en amarga el agua que el evangelio pide que les demos. Derramamos sobre sus heridas el poco aceite que tenemos; no se ponga en ellas vinagre y hiel. No, no hay mayor crimen contra el pueblo que enseñarle a dejar de dar limosna, y de privar al desgraciado de la capacidad de gratitud, la última riqueza que le queda, pero las más grande de todas, porque no hay nada que ella no pueda pagar.

[1] Patricio e ilota hace referencia a la antigüedad griega. Se podría haber traducido patricio por amo, e ilote por dependiente o esclavo, pero se perdería la referencia implícita a la esclavitud en la antigüedad, referencia que Ozanam y los socialistas quieren precisamente poner de relieve.

[2] Antigua moneda francesa (escudo francés). El valor del escudo varió considerablemente con el tiempo. El escudo desapareció durante la Revolución francesa, pero las monedas de 5 francos de plata acuñadas durante el siglo XIX fueron la continuación de los antiguos escudos, por lo que los franceses las llamaban écu.

[3] Antigua moneda francesa, equivalente a cinco céntimos de franco.

[4] Las tropas francesas estaban, en aquel tiempo, en Argelia luchando contra ‘beduinos’.

[5] El texto en francés dice “cuarto piso”, que es donde solía estar la buhardilla en tiempos de Ozanam.

[6] Cf. Mc 14, 7.

[7] Cf. Mt 25.

[8] Citada también por Pío XII (discurso del 30 de marzo de 1941).