Publicado en l’Ére Nouvelle, el 29 de octubre de 1848.

A medida que vamos penetrando en los temas atractivos de la economía política, hacia los que nos empujaba la vista de los males públicos, sentimos tanto más su interés, pero no disimulamos sus peligros. El siglo en el que estamos ha olvidado hasta tal punto el lenguaje cristiano de nuestros padres que es difícil hablarlo sin adular involuntariamente las pasiones de los malos ciudadanos, y sin herir la timidez de las personas honradas. Cuando nos conmueven los avances del pauperismo, cuando nos arranca un grito de alarma esa desgracia que introduce el hambre y el vicio en tantos hogares desolados, cuando pedimos para aliviar tantas necesidades no solo recursos sino reformas justas, sufrimos el inconveniente de ver que se nos alaba por parte de escuelas de pensamientos con las que no tenemos nada en común, y que piensan que somos de los suyos porque se creen los únicos guardianes de los intereses del pueblo. Pero sentimos también el dolor muy vivo de provocar los reproches de muchos cristianos, con los que tenemos todo en común, a excepción de ese terreno limitado y conflictivo de las opiniones políticas, y que tienen la desdicha de mirar como novedades las verdades mismas con las que fueron criados, en las que encontraron su altura de espíritu y la generosidad de su carácter.

Sí, cuando hace seis semanas dirigimos a las gentes de bien una llamada que (alabado sea Dios) no ha quedado sin respuesta, y que, movidos por las angustias de la sociedad, les advertimos que ahogaran con solicitud bienhechora las tentaciones de la miseria a las que el cañón no podrá jamás imponer silencio, estábamos muy lejos de pensar que se nos acusaría de amenazar a los ricos no solo con las penas eternas, sino con el expolio.

¡Como si les incumbiera a unos periodistas hacer tronar la amenaza de la vida eterna! ¡Como si mostrar el peligro fuera lo mismo que ser su autor! ¡Como si el cristianismo no hubiera declarado a los poseedores egoístas de los bienes de la tierra el anuncio de los castigos temporales que les esperan! ¿Es que no hemos leído aquellas terribles palabras de Santiago: “Y ahora, ricos, llorad, gritad y aullad por las desgracias que vienen sobre vosotros”? ¿No está aún nuestra memoria colmada y temblorosa por los anatemas de san Basilio, de san Ambrosio, de san Juan Crisóstomo, aquellos formidables abogados de los pobres? Y en el momento en que todo París llevaba a la tumba a su arzobispo mártir, ¿no teníamos ante nuestros ojos aquella protesta pastoral de 1843 en la que, con tono profético dirigido a los adoradores de la riqueza, a los opresores de la pobreza, monseñor Affre les mostraba para un futuro próximo los actos crueles de venganza de la que él sería la víctima expiatoria?

Es verdad que el santo arzobispo, uno de los prelados más firmes de la Iglesia de Francia, así como uno de los más ilustrados, fue también uno de los primeros en aceptar la nueva autoridad, en bendecir a los vencedores, en dar seguridad a las conciencias no solo por el mandato fijado desde el 27 de febrero en las puertas de todas las iglesias de París, de orar por la República, sino también por el mandato de cuaresma en el que mostraba cómo brotan del Evangelio los principios de una sana democracia, dejándonos, a nosotros igual que a los demás, el honor fácil de desarrollar la doctrina profesada por nuestro maestro en la fe. Es también verdad que el cardenal arzobispo de Lyon y los más ilustrados entre los obispos habían dado el ejemplo de lo que se llama complacencia obsequiosa, que en realidad no es más que respeto profundo respecto a los nuevos designios de la Providencia. Es también verdad, en fin, que en el púlpito de Notre-Dame, así como en el de Saint-Roch, las voces más elocuentes y las más autorizadas expresaron en efecto un lenguaje nuevo para nuestros oídos, pero antiguo en la Iglesia, y en el cual el pueblo reconocía el acento del Evangelio, mientras que nosotros no encontramos en él una sola palabra, ni sobre los derechos del indigente ni sobre los deberes de los ricos, que fuera más allá de lo que se puede leer en los discursos de Bossuet sobre la dignidad eminente de los pobres en la Iglesia de Dios.

Pero la austeridad del Evangelio contraría la delicadeza de nuestras costumbres, y se ha llegado al punto de que los mejores espíritus se sorprenden cuando se afirma que la limosna sola, la limosna que no va acompañada de palabras y de amor, es una humillación para el que la recibe. ¿Hace falta recordar que el hombre no vive solo de pan, que el Salvador mismo no pide solo ser vestido y alimentado en la persona de los pobres, sino también visitado y consolado? ¿Tendremos que exponer todo lo que los maestros de la caridad hasta san Vicente de Paúl nos han enseñado sobre el comportamiento delicado que tiene en cuenta la susceptibilidad legítima de los pobres? ¿Se puede afirmar que nunca se ha adulado a las clases que sufren? Bien se sabe que hemos disimulado sus fallos, que es costumbre entre nosotros suavizarles las verdades incómodas, que no les hemos prevenido con nuestras advertencias contra los malos consejeros que les engañan, que la primera reforma que se pedía no era la de su comportamiento moral. Pero tal vez ahí comenzaba la más peligrosa de las desviaciones, y cuando nosotros pedimos el respeto al domingo por parte de la administración, una política más eficaz sobre los teatros y las diversiones públicas, el aumento del número de escuelas, una distribución inteligente de los auxilios ministeriales, se nos reprocha haber abierto el camino a la organización de la caridad por el Estado. Sí, queremos que el Estado sea caritativo. Queremos que la patria ame para que ella sea amada. Queremos que la ternura santa del cristianismo hacia los que sufren se haga sentir en las instituciones que les asisten. Pero rechazamos con todo el vigor de nuestras convicciones la organización de la caridad por el Estado, no concedemos al Estado en modo alguno el monopolio de la beneficencia, como no le concedemos el de la enseñanza. No es en los archivos de los despachos ministeriales, es en las conciencias donde la Providencia tiene esa reserva inagotable que suple los males que produce la industria, como suple también a los males causados por la esterilidad de la tierra. Sabíamos eso, sin duda, cuando después de haber dirigido primero nuestras advertencias a la Asamblea Nacional, nos dirigíamos al clero, a los buenos ciudadanos de toda condición, y pedíamos la ayuda a todos por parte de todos. La caridad no puede ser limitada por el Estado, porque ella es más grande que el Estado, más grande incluso que las naciones que perecen, y a las que asiste para suavizar sus últimos sufrimientos, más grande sobre todo que nuestras miserables controversias, a las que perdonará su excesiva vivacidad y de las que se encargará de extinguir el recuerdo, con el fin de conservar nuestros corazones libres para el servicio de Dios y del país.