Publicado en l’Ére Nouvelle, el 5 de noviembre de 1848

Al rechazar la idea de la organización de la caridad por el Estado hemos mencionado uno de los temas más controvertidos del tiempo presente. Desde las jornadas de 1834, en las que los obreros de Lyon pusieron en sus pancartas este lema terrible: “Vivir trabajando o morir combatiendo”, el problema del derecho a la asistencia y del derecho al trabajo no ha dado descanso a las mentes honradas. Los economistas se han preguntado qué es lo que puede y qué es lo que debe hacer el Estado para detener la ola creciente del pauperismo, y están divididos sobre ese tema, como sobre tantos otros de una ciencia que no está aún bien constituida. Unos, con los socialistas, quieren que el Estado lo pueda todo; otros, con los discípulos de Malthus, profesan que el Estado no pueda nada. Incluso se encuentran hombres bien intencionados, cristianos, que, asustados por los ensayos peligrosos intentados en Inglaterra, en Alemania, en Suiza, han rehusado a la sociedad el derecho a socorrer a los miserables, dejados por la Providencia al cuidado de los particulares, y que por odio q la caridad legal, se han declarado contra la asistencia pública.

Cuando tomamos partido por el derecho a la asistencia pública y a la asistencia por el trabajo, teníamos a nuestro favor una autoridad muy poco recordada, la de Bossuet, quien resumiendo en su “Politique sacrée” la economía social del cristianismo, se expresa en estos términos: “Para el príncipe sabio la ociosidad debe ser odiosa, y no se le debe permitir al ocioso que disfrute de su descanso injusto. La ociosidad es la que corrompe las costumbres y hace nacer el bandidaje, la que produce mendigos, esa raza que hay que desterrar de un reino bien gobernado, y acordarse de esta ley: ¡Que no se vean mendigos e indigentes entre nosotros!” Remplazad al príncipe por el pueblo y ese pasaje parece escrito para nuestras disputas. En efecto, el actuar de la Iglesia tuvo esto de admirable desde el comienzo: que aun leyendo en el Evangelio que siempre habría pobres, nunca cesó de hacer todos los esfuerzos posibles para que no los hubiera. No pensaba que era excesivo poner al servicio de los pobres no solo la compasión, el espíritu de sacrificio y todos los recursos que hay en los corazones, sino también el discernimiento, el orden y todo el poder de actuar que tiene la sociedad. La caridad no fue solo una virtud, llegó a ser un ministerio público. De ahí nacieron las diaconías de los primeros siglos, los hospitales de toda clase a partir del concilio de Nicea, el diezmo, en fin, que fue la base de la beneficencia cristiana y que construyó más centros de socorro para los seres humanos que la antigüedad anfiteatros para matarlos.

Es verdad que la Iglesia ejercía entonces la tutela sobre las naciones, y el mismo poder espiritual que administraba los fondos del diezmo, fomentaba también en las conciencias el fuego sagrado de la abnegación, y que la caridad pública, lejos de ahogar la caridad privada, la ayudaba con sus conocimientos y su ejemplo. Y cuando llegó el momento en que la Iglesia puso en manos de los pueblos ya adultos el gobierno de sus asuntos, el espíritu cristiano siguió perviviendo en las instituciones secularizadas. Los reyes, las comunas, todos los poderes públicos se sentían honrados en conservar y aumentar el patrimonio de los indigentes. La ordenanza de Moulins, en 1571, introdujo en la administración de los so­corros las reglas que fueron desarrolladas por el edicto de 1676, según las cuales “los pobres de cada una de las villas, burgos y aldeas deben ser alimentados y cuidados por los habitantes de la villa, burgo o aldea de los que son nativos, y los habitantes tendrán la obligación de contribuir a la alimentación de los dichos pobres según sus facultades, al cuidado de los alcaldes, regidores, concejales y mayordomos parroquiales”. Ahí se encuentra el origen de nuestros consejos de beneficencia. Al mismo tiempo se ve a España, esa tierra clásica de la mendicidad, adelantarse a las naciones que se creían las más ilustradas del mundo, en la institución de casas de trabajo en Granada y en Barcelona. La misma Roma, además de las innumerables fundaciones de la caridad privada, tiene su taller nacional, bajo el título de subsidio para trabajos públicos. Los pobres sin trabajo son empleados en las excavaciones del foro, en las construcciones de San Pablo Extramuros, en las fundiciones de Tívoli, y reciben cada día un pan y una paga de alrededor de 70 cénti­mos. Todos los países católicos han colocado la caridad en la ley, pero lo que los ha salvado es que no la han extinguido en los corazones. Las ordenanzas de los reyes de Francia no hubieran jamás aliviado a las provincias de la miseria que siguió a las guerras de Luis XIII si Vicente de Paúl no hubiera tenido la libertad de sacudir de su ociosidad, de importunar y de sacar de su pasividad a aquellas familias opulentas, de las que consiguió las limosnas para aliviar los desastres de la Champaña y de la Lorena. La burocracia española no intentó jamás detener el celo de san Juan de Dios. Y el viajero que se escandaliza ante la pereza de los excavadores sentados junto a sus carretillas vacías, puede ver en el hospicio de Tata Giovanni lo que ha sido capaz de conseguir la perseverancia de un pobre capataz albañil por la educación de huérfanos abandonados.

Por el contrario, cuando el egoísmo, bajo cualquier nombre que se manifieste, pretende dispensar a los particulares del deber de la asistencia para ponerla en manos del Estado, la caridad legal no es más que una ficción legal, que primero engaña a los pueblos y luego los arruina. Eso es lo que sucedió en Inglaterra cuando la Reforma puso en las arcas de Enrique VIII los ingresos de la Iglesia, y en manos de la nobleza las tierras de los conventos. La miseria aumentó de tal manera que en un solo reino hubo 72.000 ladrones castigados con la pena de muerte. El Estado se deshizo del peso de la caridad católica que había recibido en herencia, y el estatuto del año 43 de la reina Isabel dispuso que los pobres de cada parroquia fueran atendidos por medio de un impuesto que pagarían los habitantes. Ese es el origen de la tasa de los pobres, cuyos peligros han reconocido todos los economistas, y del que solemos admirar sobre todo la ineficacia. Tuvo en efecto tan poco éxito en contener el progreso del pauperismo que la tasa de cien millones de francos en 1801 se tuvo que aumentar en 1833 a doscientos millones solo para Inglaterra, sin contar Escocia e Irlanda. Este aumento de los presupuestos de la miseria tuvo que preocupar a una nación tan preocupada por la economía, y una ley de 1834 reformó el código de la beneficencia pública. Los legisladores ingleses han tenido la sabiduría de reconocer que la caridad que atrae a los pobres, los anima y así aumenta su número, y de imaginar una caridad nueva que los rechaza y los hace huir. Eso es lo que está en la base de esa institución de las casas de trabajo (Work-Houses) que un socialista de la Asamblea Nacional, el señor Pelletier, propuso en otro tiempo para que Francia la admirara y la imitara. Porque no hay nada, en efecto, tan bien pensado para realizar los sueños del socialismo como esas construcciones bellas y regulares en cuyos pabellones reciben abrigo, separándolos y dando a cada grupo el trato que le conviene, los ancianos, los incurables, los huérfanos y los obreros sin trabajo. La sociedad que eleva esos monumentos a la indigencia se reserva el derecho de llenarlos, y al mismo tiempo que abre el hospicio suprime toda distribución de ayudas fuera de ellos. Pero para evitar que el trabajo de la work-house suponga una competencia desastrosa para la industria privada y despueble los talleres, un reglamento inflexible rompe antes todos los lazos de la familia que llama a la puerta del hospicio, separa los sexos y las edades, somete al pobre capaz de trabajar a un régimen de puré de avena y de agua, y lo somete a trabajar el molino con sus brazos, actividad que los romanos reservaban para castigar a los esclavos. Con esos procedimientos, Inglaterra, es decir la nación más rica entre todas, quiere ahorrar a sus indigentes el dolor de morir de hambre. Pero Dios permite que haya muchas almas para quienes el hambre supone un dolor menor que la separación, que la cautividad, que la vergüenza, y no es por ello sorprendente que, por ejemplo, 200 indigentes, que habían solicitado la asistencia legal de la administración de Cuckfield (Sussex), solamente 11 aceptaron el pan de la work-house, y de ese número tres renunciaron el segundo día.

Dieciocho parroquias rurales, que cada invierno alimentaban a trescientos hombres, de los que ciento cincuenta eran cabezas de familia, no contaban en 1837 más que veinte pobres capaces de trabajar en la casa de trabajo. Los molinos movidos a brazo conseguían esos prodigios, y, como la pobreza se escondía, se pensaba que ya se había acabado con ella. Por desgracia los años siguientes se encargaron de disipar esa ilusión de la filantropía británica. En vano se dedicó a expulsar a los irlandeses y a los escoceses de las ciudades industriales, y que excluyéndolos de toda participación en los socorros se les obligara a llevarse a su tierra su hambre y su desnudez. La desesperación ha podido con el orgullo del obrero inglés, las work-houses se hicieron demasiado estrechas, y ha habido que construir con madera talleres suplementarios para la época de las nevadas, y faltando molinos, ha habido que dedicar a los artesanos trabajadores de Rollingham a picar piedra para los caminos. La tasa, que se había reducido por un tiempo, retomó su dirección ascendente, frustrando los cálculos de una sociedad egoísta, y no dejándole más que el mérito de haber dado al mundo el espectáculo instructivo de su impotencia.

Al mismo tiempo que Inglaterra pasaba por esa experiencia de lo que puede la caridad legal ayudada por la ciencia de un gran siglo y de la riqueza de un gran pueblo, los otros países de la Europa protestante daban el espectáculo del mismo principio, luchando con medios diferentes y fracasando por las mismas dificultades. En Noruega, como antes en muchos condados de Inglaterra, se dio la Ronda de los pobres, es decir, el sistema que los colocaba sucesivamente en las casas de los habitantes de la comuna, infligiendo al padre de familia una gabela ruinosa que le hacía odiar la pobreza, y que era una amenaza no tanto para la economía de su hogar cuanto para la moralidad de los criados y la virtud de los hijos. En Dinamarca la caridad ejercida por la parroquia crea a su favor un crédito que tiene derecho a exigir sobre los bienes que el pobre adquiera en posteriormente. Quien no pueda probar que tiene medios de vida, puede ser forzado a entrar al servicio de otra persona. En varios estados de Alemania y de Suiza se da la cruel prohibición de que los indigentes se puedan casar sin el consentimiento de la administración, y sin haber devuelto la suma de las ayudas que hayan recibido. En el cantón de Berna, en el que el duro espíritu del calvinismo vigila por el cumplimiento de esta ley, se pone a los indigentes en manos del empresario que se encarga de alimentarlos, para lo que recibe un subsidio pagado por la comuna. Todos los años se viste a los niños abandonados con sus mejores ropas, se los pone a subasta y son entregados a los que presentan una mejor oferta, de la que se indemnizarán con el trabajo de los niños. De ese modo algunas sociedades cristianas han renovado las escenas que veían los viajeros en los mercados de esclavos del Cairo y de Constantinopla. Y la caridad de los protestantes acaba siendo como la de los turcos, que alimentan al pobre, pero lo venden, como la economía política de los socialistas se reduce a la de Mohamed-Alí que constituye al Estado en propietario único, y suprime la pobreza de un solo golpe, pero suprimiendo la libertad.

Que no se nos reproche que calumniamos a los socialistas por una comparación injusta. Sabemos distinguir los errores que merecen cierto honor, pero somos celosos defensores de la libertad humana, y tememos que se acabe por no exigir nada a la voluntad y a la conciencia cuando se espera todo de la ley. Tememos que hay más relación que la que se piensa entre la filantropía oficial que en 1808 urgía la fundación de los depósitos de mendigos, para evitar la desagradable vista de la enfermedad y de la miseria vergonzosa, y el celo de los reformadores modernos, a los que irrita el espectáculo de la indigencia, a los que importuna la palabra misma de caridad, y que, al reprobar la limosna, tranquilizan a las gentes poco inclinadas a darla. En cuanto a nosotros, que tenemos una sensibilidad menos delicada, la pobreza nos inspira menos horror y más amor. No nos acercamos a ella sin sentirnos un poco mejores, sabemos el bien que nos hace, y no creemos que los gobiernos tengan la capacidad de suprimir ese gran medio que se ha reservado Dios con el fin de alimentar el valor, la compasión, la capacidad de entrega en esta tierra.

Nuestros mejores deseos acompañan a todos los progresos que disminuyen la amargura, siempre demasiado grande, de los sufrimientos del ser humano, pero detestamos los sistemas que tienden a disminuir el número de sus deberes y de sus virtudes.