Publicado en l’Ére Nouvelle, el 23 de abril de 1848.

De este caos electoral que se agita bajo la mano de Dios, con gran inquietud entre los hombres, solo puede salir la república. Pero en las mentes hay dos repúblicas, y ambas son posibles: una que no queremos, la otra que sí queremos, y que es la que esperamos fundar.

El principio de la soberanía del pueblo, del que proceden todas las constituciones republicanas, puede entenderse, en efecto, de dos maneras.

La primera, que declara soberano al pueblo, no reconoce ningún señor invisible, ningún juez que reforme sus propios juicios, ninguna ley superior a sus voluntades. Pero como esas voluntades no pueden ser unánimes, la soberanía reside solo en la mayoría, son los sufragios, es el número de votos lo que constituye el derecho, y lo hace sin tener en cuenta las opiniones disidentes, a las que puede contradecir y ahogar. Pues el pueblo es una persona moral imperecedera, ante la que se desvanecen las personas mortales, creadas para él, destinadas solo a servirle para conservarlo y engrandecerlo. Como el pueblo no tiene obligaciones, no hay derecho válido contra él, no hay refugio, ni en la palabra ni en la conciencia. Así lo entendía la antigüedad pagana. Y en efecto, cuando el paganismo divinizaba a la patria, cuando creía que el genio de la ciudad estaba realmente presente en sus murallas, y que la voluntad del pueblo consultada según los ritos sagrados expresaba la voluntad de los dioses, era razonable que el Estado dispusiera de todas las conciencias, así como de todas las cabezas; se podía enseñar con Sócrates que la república tiene siempre razón, y con los jurisconsultos romanos que las leyes son dueñas de las cosas divinas y humanas. Así lo pretendían los tribunos de 1793; y después de medio siglo de materialismo, cuando Robespierre, por haber nombrado a la Providencia, provocó las protestas del club de los jacobinos, no me sorprende que se consagrara la soberanía del número, que es la de la fuerza, y que el bienestar público se convirtiera em la ley suprema de una sociedad que no creía más que en los destinos de la tierra. Así piensan todavía los que, dejando a los cándidos que festejen la libertad, están ya reclamando la dictadura, a quienes vemos entristecidos por la concordia pública, y están buscando unas resistencias que no tienen, y que invocan las pasiones de una época de la que ya no conocemos ni los errores filosóficos, ni los resentimientos políticos, ni los peligros militares. Son los mismos a los que se oye profesar en alta voz, en las asambleas populares, la incompatibilidad de la democracia y del catolicismo, porque, dicen, los católicos no aguantan la soberanía del Estado más que bajo la reserva de sus conciencias. Nos gloriamos de que nos denuncien por ello. No queremos una democracia cuya primera acción sería suprimir la libertad del foro interno en el que Dios le ha puesto su último refugio, y del que sale de vez de siglo en siglo para terror de toda clase de tiranos.

No queremos una democracia enemiga de la igualdad, que pondría en manos de una mayoría ficticia todas las armas del poder para sojuzgar a las minorías con la peor de las esclavitudes, la del miedo. No queremos una democracia que destierre la fraternidad y que divida al pueblo más generoso del mundo en vencedores y vencidos, en denunciantes y en sospechosos. Francia no volverá a ese tipo de república: siente horror por vuestro templo, ha destrozado la guillotina política que era su altar.

Hay otra visión de la democracia que reconoce la soberanía del pueblo como la manifestación temporal más impresionante de la soberanía de Dios. Por encima de los pueblos, ella ve una justicia eterna que los juzga. Por ello los decretos de los pueblos no crean el derecho, sino que lo promulgan o lo transgreden. El derecho subsiste sin ellos y contra ellos, con un recurso perpetuo contra sus errores y todas las consecuencias. Los pueblos pasan, y porque pasan no están hechos para ellos mismos, sino para las personas inmortales de que se componen, y a las que deben asegurar la libertad en esta prueba que es la vida sobre la tierra. Por tanto, el fin de toda sociedad no es establecer el poder del mayor número, sino proteger la libertad de todos sin exigir a cada uno que la sacrifique más que en la medida necesaria para salvar la de los demás. Como todas las personas humanas son iguales en cuanto a su destino, la sociedad les debe igualdad de protección, con una preferencia manifiesta por los más amenazados y los más débiles. La patria no es, en fin, ni el ídolo de los antiguos ni la ficción legal de los jurisconsultos modernos; si es una familia de 35 millones de seres humanos que piensan igual que nosotros, que sufren igual que nosotros, que con frecuencia valen más que nosotros, la fraternidad se convierte en un deber fácil entre los hijos de una misma carne y de una misma sangre. Esos son los tres principios de una verdadera democracia, menos antigua en el mundo, ciertamente, que la primera, pues el paganismo no la conoció. Solo el cristianismo ofreció esa sociedad sin paralelo, que condenaba toda clase de opresión, todas las desigualdades, todas las hostilidades del mundo antiguo. Llevaba en su seno la democracia del futuro ya presente en el Evangelio, y a medida que atravesaba los siglos, dejaba que apareciera como por fogonazos en una serie de instituciones religiosas y políticas que terminaban con la esclavitud y civilizaban la barbarie. Hoy, por las señales que envía la Providencia, se puede juzgar que ella tiene la intención de llevar a cabo su designio. No se ha puesto a actuar de un extremo a otro de Europa para volver a establecer la República de la violencia y del terror, imitación miserable de los tiempos paganos, imitación sanguinaria de 1783. Ella quiere la República nueva de la inteligencia y de la caridad, protectora de todas las luces y de todos los derechos, hecha para suavizar tanto como se pueda conseguir en la tierra la dura ley del trabajo y de la pobreza. Es la República, cuya mera imagen entrevista en los primeros entusiasmos de febrero, entusiasmó a todos los corazones, la que los desastres del infortunio público y los primeros gritos de las facciones han hecho que se olvidaran por un momento. Pero es la República por la que trabajaremos con perseverancia. Aunque no lleguemos a verla plenamente establecida, debemos dedicar toda nuestra vida a fundarla, con los pies en el barro y los hombros aplastados bajo las piedras, porque sabemos de antemano hasta dónde ascenderá el edificio, y que lo coronará la cruz triunfante.