Le Correspondant

Publicado en Le Correspondant, el 10 de febrero de 1848. Algunos amigos han tenido a bien animarme a presentar mis ideas sobre la situación actual del hermoso país que visité hace unos meses. No fui a Italia más que en busca de descanso y a ver los monumentos, más instructivos que los libros. Pasé el tiempo en las catacumbas, en las antiguas basílicas cristinas, en los archivos. No llevé allá ni el hábito ni el gusto por los estudios políticos, y no he vuelto de allá con la ambición de juzgar los sucesos, y aún menos de predecirlos. ¿Pero cómo podría atravesar las ciudades, en otros tiempos tan tranquilas, hoy tan agitadas; cómo pasar por calles adornadas con banderas, por delante de puertas cubiertas con inscripciones en honor de “Pío IX liberador”; cómo oír los gritos de un pueblo sin poner atención, sin interesarse por su resurgimiento? Me mezclé con aquella muchedumbre apasionada pero creyente, la seguí en las primeras fiestas de la libertad, que eran también las de la religión. Al mismo tiempo tuve el honor de conversar con algunos de los grandes ciudadanos cuya moderación será la salvaguardia de las reformas italianas. En fin, Dios me dio la gracia de ver de cerca, de hablar con ese gran papa, haber vivido bajo el cual será la envidia de nuestros nietos, y nos reprocharán tal vez no haberlo conocido suficientemente bien, no haberlo amado lo suficiente. Voy ahora a decir lo que aprendí, evitando comprometerme en unas discusiones que exigirían más espacio y más tiempo, pero cuidándome muy mucho de atribuir a otros que no sea yo mismo la res­ponsabilidad de mis impresiones. Lo haré recelando de mí mismo, con una libertad a la que tal vez haya que perdonar mucho, pero con ese espíritu de fraternidad que anima a los redactores del Correspondant por la defensa de una misma causa sagrada, sin por ello hacerlos responsables de mis opiniones humanas. No se trata de renovar aquí los debates de la tribuna y de la prensa, ni de discutir los méritos y los fallos del gobierno francés. Ni siquiera se trata de toda Italia; no conozco un fallo más grande cuando se trata de cuestiones italianas que el confundir en un mismo juicio a poblaciones diferentes en intereses y en costumbres. Me limito a los asuntos de Roma, que son también los nuestros. Desde hace algún tiempo el desaliento se ha apoderado de las filas de los católicos. La caída de los siete cantones podía haber sumido a las almas en la aflicción: las ha precipitado en el terror. Se ha olvidado demasiado que no es en Friburgo, sino en Roma, donde se libra la batalla decisiva; solo se han dirigido hacia la Santa Sede miradas asustadas. Se ha visto al radicalismo entrando a banderas desplegadas y con cabezas en las puntas de las lanzas en los patios profanados del Vaticano. Me propongo responder a esas inquietudes, que respeto, y presentar lo mejor que sepa cuáles me parecen ser los peligros, cuáles los motivos de esperanza. La obra reformadora de Pío IX, cuya grandeza veremos bien pronto, se encuentra con dos clases de peligros: por parte de los que no quieren cambios y por parte de los que quieren demasiados, por parte de los que rechazan las reformas y por parte de los que las precipitan, por parte de los retrógrados y por parte de los impacientes. Hablemos en primer lugar de los retrógrados, precisamente porque tal vez se les haya olvidado demasiado, se les haya tratado con excesiva indulgencia, desde hace algún tiempo. Les concedo el honor que merecen, pues tienen a su favor la fuerza y las cien mil bayonetas de los austríacos. Hay que ser justo con la casa de Austria. Ella ha tenido sus días de gloria, ha llevado la valiente espada de Rodolfo de Hausburgo, de Carlos V, de don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto; ha defendido durante trescientos años las fronteras de la cristiandad amenazada por los infieles. Pero esa casa tiene dos malas herencias. Ha recibido la herencia de José II, de aquel político funesto que hizo del cristianismo un instrumento de gobierno (instrumentum regni), y de la religión católica, como se la nombra en documentos oficiales, una religión imperial y real de Estado. Ha sido en esa escuela donde el gabinete austríaco debía aprender el arte de humillar al clero por las funciones de policía a las que quería reducirlo, afeminar al pueblo por medio de los placeres sensuales prodigados en los teatros de Viena, gracias a los cuales esa ciudad se convirtió en un lugar encantado, pero gracias a los cuales esa ciudad tiene dos hijos naturales de cada tres nacimientos. Tal es Austria, y he ahí a qué título pretende ejercer la tutela sobre Lombardía, donde, de cada veintinueve nacimientos, solo hay uno ilegítimo; educar a esos italianos que valen más que ella, a los que ella pretende tratar como a niños y a los que trata como esclavos. Ha recibido en efecto un segundo legado no menos peligroso que el primero: ha aceptado la sucesión de los Enrique IV y de los Federico II, de los emperadores gibelinos, de aquellos fabricantes de antipapas. A su inspiración se debe que ella pretenda incluir a Italia en su imperio, o al menos, como lo repetía hace poco en un documento casi oficial, “una influencia necesaria para su seguridad”. Ella quiere que se le perdone ese imperio por los favores que ha derramado a manos llenas sobre las provincias lombardas. Esos favores nos son conocidos: se parecen a los favores con los que se colma a las gentes de Viena. Consisten en multiplicar los placeres fáciles, en llenar con bailarinas seductoras los teatros de la Scala y de la Fenice. Se trata, en efecto, de una vieja práctica para aturdir a los seres humanos con placeres para adormecerlos y embalsamar a las naciones para enterrarlas. Sea lo que sea de esa prosperidad material, que Lombardía está pagando bien cara, si de ochenta miles de impuestos que se recaudan solo se invierten allí cuarenta, queda por saber qué es lo que hace Austria por el bien intelectual y moral, o más bien qué es lo que ella no deja de hacer contra Lombardía; lo que ella intenta con seducciones y violencia contra las mentes que se libran de la timidez y de la mediocridad que se quieren imponer a la fuerza; las humillaciones inútiles que inflige a súbditos sumisos. ¿Por qué, desde hace treinta años, en plena paz, día y noche, esos cañones colocados insolentemente ante el palacio de los dogos de Venecia y contra la catedral de Milán? ¡Y que luego se alardee de las libertades municipales del reino lombardo-véneto, de los concejos comunales, de las diputaciones provinciales encargadas de presentar al emperador los deseos de los pueblos! Ahora sabemos lo que significa la pomposa mentira de esas instituciones a las que se les prohíbe apelar. Hace seis semanas Venecia presentó una de esas peticiones respetuosas permitidas por las leyes: quince días después, un hombre al que honra toda Italia, un hombre eminente, vuelto a Dios por el camino de la desgracia, Tommaseo, fue detenido por haber conseguido con una llamada elocuente las primeras quinientas firmas. Tal vez las puertas de su prisión se volverán a abrir ante los nuevos sucesos. Pero podemos ver ya esa política hábil para someter bajo su puño a las mejores personas, a los mejores ciudadanos que son los únicos de los que desconfía, y que deja libres a los amotinadores que están a su servicio. Sin duda, un poder capaz de esos excesos, capaz de las matanzas de Galitzia, podía emprender una gran campaña contra el papado. Y en ello estaba desde hacía tiempo. Desde el reinado de Gregorio XVI, cuando Austria ya se oponía a las primeras medidas proyectadas por el Vaticano para el bien de la paz de los pueblos, los agentes de Austria sembraban con abundancia, en las ciudades de la Romaña, panfletos incendiarios en los que se exasperaban las esperanzas frustradas, en los que se comparaba el mal gobierno de los sacerdotes con la sabiduría de la administración Lombarda, en los que se explicaba a los súbditos de la autoridad pontificia las ventajas que tendrían al pasar bajo una bandera laica, aunque fuera la del águila bicéfala. Cuando la estrella bienhechora de Pío IX apareció entre aquellos nubarrones hábilmente amontonados, es fácil imaginar la cólera que tuvo que suscitar. Es algo que honra al siglo XIX y producto de sus luces que no se haya recurrido a las tradiciones del viejo imperio e intentado nombrar un antipapa. Pero al no poder crear otro pontífice, se ha intentado todo contra el que Dios ha puesto. No hablo de las intrigas diplomáticas que han asediado las antecámaras, donde tienen su lugar propio; hablo de las insurrecciones provocadas en las provincias bajo el pretexto de la carestía de los granos, y a la cabeza de las cuales se encontraban siempre como por azar fatal algunos extranjeros, algunos súbditos, algunos amigos de Austria. Todo el mundo sabía en Roma qué manos las pagaban, qué consejos armaban y sublevaban en Faenza a los restos del partido que se calificaba como gregoriano. En fin, cuando se ha reconocido la imposibilidad de vencer el coraje del pontífice y la fidelidad de su pueblo, ha habido que recurrir al argumento definitivo de los reyes. La artillería imperial ha estado avanzando pesadamente por las calles adoquinadas de Ferrara, y nadie se ha olvidado con qué lenguaje insultante los oficiales que la dirigían han expresado al cardenal legado los deseos de sus señores. Esas violencias eran mucho más que un ultraje contra todo derecho: causaban algo más grave al provocar el desorden. Cada paso de Austria en Italia, desde hace seis meses, ha sido como un desafío y como la imagen de una de esas escenas de desorden que la libertad italiana se gloriaba de no haber conocido antes. Cuando Austria entró en Ferrara estalló en Roma el pánico y el terror de julio; cuando puso el pie en Módena, Livorno sufrió las tentativas culpables de enero; cuando, en fin, se apoderó de Nápoles, si no por sus soldados, al menos por medio de sus consejos, se levantó Sicilia entera. Sí, me apresuro a decirlo, aunque eran morteros y cañones con el escudo de las armas napolitanas, con el blasón de los Borbones, los que disparaban contra los palacios y los conventos de Palermo, era la diplomacia extranjera la que aplicaba la mecha. ¡Y que ahora se consuele por no haber aplastado la revuelta en las calles! Ha llegado a dar ese mal ejemplo de una concesión arrancada por la violencia, de un soberano vencido, no por el amor, aturdido por la cólera de sus súbditos. ¡No permita Dios que tenga éxito en desencadenar una revolución incontrolada que podría provocar un día su intervención (justificarla, jamás), y servirle de pretexto para forzar finalmente esa gloriosa frontera defendida tan gloriosamente por la intrepidez pacífica de Pío IX! Por desgracia, la política austríaca encuentra en Roma, de la que voy a hablar a partir de aquí, dos clases de auxiliares. Los primeros están en el cuerpo de funcionarios. Fue imposible, incluso para el genio de Pío IX, renovar de un solo golpe todo el personal del funcionariado público. Se vio obligado a esperar mucho de la buena fe de un gran número de personas durante mucho tiempo y a tener un éxito que acabaría por convertir a los más obstinados. Ni la prudencia, ni la caridad, le permitían una ruptura que hubiera destrozado todos los mecanismos del gobierno y destrozado la economía de cien mil familias. Había, pues que sufrir la presencia de muchos hombres acostumbrados a vivir de abusos, había que considerar las malas prácticas como tradiciones inviolables, y el bien público como cosa propia. De ahí la mala voluntad de algunos oficiales del palacio, asustados por las novedades presentes y pensando demasiado bien de Su Santidad como para no creer que ella aprovecharía pronto o tarde la ocasión de volver al buen régimen de tiempos pasados. Son esos los que elevarían, si eso les fuera posible, un muro entre Pío IX y su pueblo, que sufren al verlo salir a pie y recibir las demandas de los primer llegados; son ellos a los que se les oye decir que el papa es demasiado bueno, demasiado accesible a los reformadores extranjeros, a los liberales italianos, que tiene el oído demasiado dispuesto a oír los proyectos de los utópicos y a los aplausos de la masa, y que, en fin, importa mucho que esté bien asesorado. De ahí viene también, en todos los rangos de la administración, ese ejército de empleados que han combatido las primeras reformas, por la inacción, que es mucho más temible que la oposición, que los mantenía pasivos en el silencio de los despachos, actitud mucho más peligrosa que el clamor de la prensa, violando hasta el secreto de las cartas del soberano pontífice, interceptando las informaciones que podrían prevenir un desorden y suprimir un peligro. Y así fue como en diciembre pasado los agentes subalternos de la policía, informados desde la víspera de una importuna manifestación que iba a celebrar la caída de Lucerna, no hicieron nada para evitar al pueblo ese error, y al papa esa aflicción. Hacen falta traiciones semejantes para poder comprender toda la amargura de una frase pronunciada por un hombre que tiene el honor de pertenecer al servicio personal del soberano pontífice. Alguien le dijo que “¡Pío IX debe sentirse feliz al verse tan querido¡ — Sí, respondió, ¡pero a la vez es tan odiado!” Hay que admitir sin duda, aunque cueste, que los otros auxiliares de Austria en Roma son hombres engañados por sus doctrinas, me refiero a los absolutistas de todos los países, y por consiguiente del nuestro. Roma se ha gloriado siempre de la hospitalidad que concede a los derrotados honrados, a los vencidos, a los heridos en las luchas políticas. Por lo común no ha tenido motivo para arrepentirse de ello: la mayor parte de las familias refugiadas son la edificación de la ciudad eterna por su dignidad, por sus costumbres y por la abundancia de sus limosnas, pero se encuentran ligadas a Austria por una circunstancia que lamentan, y no tienen el poder de romper esas ligaduras. Por otro lado, han mantenido un horror tradicional, un terror muy excusable hacia todo lo que recuerda de cerca o de lejos el fragor de las revoluciones. Su equivocación, que yo calificaría más bien de error, es sembrar la alarma incluso fuera de su partido, llevar a cabo unas insurrecciones de salón más funestas a los ojos del gobierno que las insurrecciones callejeras; es, en fin, cultivar una correspondencia que circula llevando con ella la inquietud. Se ha tenido la temeridad de hacer correr el rumor de que la salud del papa estaba amenazada por un mal mental y la Iglesia por una gran desgracia. Ahora, si se cree a los más discretos, Pío X ha dejado de ser dueño de la situación: su gobierno no aguanta ya la sedición que le desborda; sus actos no van a ser en adelante más que concesiones que hay que esperar a ver revocadas cuando el pontífice, recuperando su libertad, haya podido huir a ese paraíso terrenal que se llama el reino lombardo-veneciano. No, yo no querría decir que se ha osado calificar al vicario de Cristo como “un Robespierre con tiara;” pero todos los días oigo que se le califica como el Luis XIV del papado, y los que lo designan de ese modo no piensan en honrarlo, sino ciertamente en culparle, o al menos en tenerle lástima. Para responder a tantas alarmas es necesario ver el peligro que hay de parte de los que yo califico como impacientes, entre los que distingo dos grupos muy diferentes, con intenciones muy diversas. Algunos, engañados por sus recuerdos gloriosos de la Edad Media, sueñan con la soberanía temporal del papa sobre Italia, conseguida por las armas y con Roma volviendo a deponer a los tiranos. Son los nuevos güelfos, son los que escriben sobre las paredes en los barrios solitarios, como lo he podido leer en el Aventino en que resido: “Viva Pio Nono, re d'Italia”. Otros, que son más en número, sueñan en las Declaraciones de Inglaterra y de Francia, sin darse cuenta de que Italia, esa madre de todas las libertades, tiene mejores cosas que hacer que depender de instituciones extranjeras. Hay también espíritus quiméricos que no pueden permanecer en reposo si no consiguen en veinticuatro horas la puesta en marcha de sus programas impracticables. Están por fin los carbonarios impenitentes, los facciosos incorregibles, y cuando se conoce Roma se sabe qué poco numerosos son los que la clemencia de Pío IX no ha podido librar de los errores de su juventud. Serán a lo más ciento cincuenta, que sin duda tienen a su disposición a esos ociosos, a esos malintencionados, escoria de las grandes ciudades, a esas gentes ingobernables que se encuentra en todas partes, que constituyen la dificultad, pero también el mérito de los gobiernos. Esas son las diferencias que me ha parecido había que tener en cuenta reuniendo a los impacientes bajo un nombre que tal vez parezca demasiado suave, pero por el que no intento disimular ninguno de sus errores. El primero es su enorme injusticia hacia la memoria de Gregorio XVI. El reinado de Gregorio XVI no fue tal vez el de un gran hombre de estado; fue el reinado de un soberano profundamente sabio, amigo de las letras, protector de las artes, que construyó y llenó los museos, que mantuvo relaciones honorables con el Oriente, que comenzó a introducir reformas en los procedimientos judiciales. Su pontificado fue el de un papa empeñado en la defensa y la propagación de la fe. No hay que olvidar que, ante las ruinas humeantes de Polonia, mientras todas las monarquías constitucionales guardaban silencio, Gregorio XVI fue el único que se atrevió a protestar en voz alta. Públicamente, en pleno consistorio, contra la exultación del emperador del norte. Hay que recordar que él hizo que se abrieran de par en par las puertas de su palacio a la heroica basiliana, y que un año después rehusó al perseguidor la mitad d los honores que en Roma hay costumbre de tributar a los coronados que acuden a la ciudad. En fin, los cristianos recordarán que Gregorio XVI creó más de sesenta diócesis en ambos mundos, y que durante muchos siglos las iglesias que estarán entonces florecientes en América, en China, en Oceanía, celebrarán los años de su reinado como la fecha de su glorioso nacimiento. El segundo error del partido que nos ocupa es haber soliviantado a la opinión pública contra la Compañía de Jesús. Es una gran maldad hacer a una orden entera responsable de las vacilaciones, las imprudencias, incluso las temeridades de algunos de sus miembros, sobre todo cuando la novedad de los sucesos sorprende y divide a los espíritus, cuando el clero y la nobleza no habían participado todavía en las reformas tan beneficiosas, pero tan poco esperadas. Se da una gran ingratitud cuando en un día se olvida a una Sociedad que desde hace tres siglos ha servido no solo a la fe, sino a la ciencia, a las literaturas nacionales, cuando sigue contando con teólogos como Perrone, con sabios como Secchi, Marchi, Pianciani, que dan brillo al nombre italiano en toda Europa. Hay sobre todo, como se ha dicho elocuentemente, un funesto presagio en inaugurar la era de la libertad con prohibiciones. La Iglesia puede ofenderse por esas tentativas para abolir por la violencia una institución consagrada por sus leyes. Pero no hay que dar excesiva importancia a los gritos proferidos en las calles de Génova y de Roma. Hay que conocer mejor a Italia, las antiguas y ardientes rivalidades que dividen a las órdenes religiosas, al clero regular y secular, que mantienen una eterna polémica entre las diferentes órdenes religiosas. Por otro lado, cuando el escritor que pasaba por ser el historiógrafo oficial de los jesuitas tuvo la mala idea de atacar la política de Pío IX, se han podido esperar represalias, injustas pero inevitables. La querella ha salido de los conventos y de los corros callejeros, ha utilizado un lenguaje odioso y amenazador. Pero si los clamores que han causado alarma tuvieran al otro lado de los Alpes el mismo sentido que en París o en Berlín, no los hubieran repetido tantos sacerdotes, tantos monjes apasionados, pero no apóstatas, por un pueblo mucho menos preocupado por sus derechos que por sus creencias. En esta desorientación de la opinión pública veo mucho error y mucha cólera, pero no veo en ella nada que se parezca a la impiedad, a un debilitamiento del cristianismo; veo en ella menos intento de atentados contra la religión que contra la libertad. En fin, los impacientes se han permitido el error de una alianza mal pensada con las pasiones del falso liberalismo. Todos los partidos necesitan alianzas. Mientras que los unos buscan la fuerza en las bayonetas austríacas, los otros han creído encontrarla en el periodismo y los clubes de los países vecinos. Han hecho una mala elección que les ha expuesto a juicios muy severos. Se los considera solidarios con sus nuevos aliados y todos los días, por ejemplo, se oye acusar al mal espíritu de la prensa romana. Sin embargo, sigo sus debates con esa fidelidad invencible que se trae de Roma hacia todo lo que se refiere a ella. Veo periódicos entregados a la defensa del gobierno y del clero, como la Gazette y el Labaro; varios sostienen con honor su papel independiente y moderado, como el Felsineo y la Bilancia; otros, tales como el Contemporaneo, revelan a veces su inexperiencia con una oposición inmoderada. Nunca se ven en esa prensa rastros de esa hostilidad secreta contra el orden religioso y civil, jamás se detectan en ella esas insinuaciones deformadas contra los dogmas y las instituciones católicas que en otros países engañan con tanta facilidad la vista y las tijeras de los censores. A veces se ha podido lamentar el silencio concertado de los periódicos romanos sobre temas irritantes; ciertamente no se les reprochará que se callen cuando se trata de la independencia, de la dignidad de la Santa Sede. Todavía hace muy poco el Contemporaneo refutaba con una rara elocuencia el error de un gran escritor francés que ve en el papado no la garantía sino el obstáculo de las libertades italianas. ¿Y no es la prensa de Roma la que desde hace más de un año lleva a todos los rincones de Europa no solo los hechos públicos de Pío IX sino todo lo que puede averiguar de su vida privada, del secreto de sus virtudes y de sus obras buenas, que le entregan, muy a su pesar, al amor y a la admiración de todo el mundo? Sin duda, no hay que ignorar los peligros del periodismo italiano; pero es en Toscana donde hay que ir a buscarlo. Nadie ignora que un espíritu hábil y dotado, pero dotado sobre todo con los dones funestos del siglo XVIII, al que el autor de la tragedia Arnaldo de Brescia presta su protección en la redacción del Alba e intenta reanimar las filas ilustradas del partido antipapal. Por suerte ese mal ejemplo no arrastra al resto de los periódicos toscanos, donde aún quedan algunos restos de la antigua rivalidad de Florencia contra Roma, donde se encuentra aún la libertad republicana de Dante, pero al mismo tiempo todo el ardor y toda la sinceridad de su fe. No me olvido de la acusación principal que se ha dirigido contra la prensa italiana como también contra el pueblo romano: se trata de los aplausos que acogieron la victoria de la Dieta y la caída de Lucerna. Pero todos los testigos oculares saben que la ovación al cónsul suizo en Roma fue obra de doscientas personas arrastrando tras sus pasos a una muchedumbre de gentes ociosas y de ignorante que creían estar tributando enhorabuenas al nuevo senador Corsini, y que se sintieron sorprendidas al detenerse debajo del balcón de un extranjero. Cuando el soberano pontífice no quiso intervenir en la lucha, cuando no veía en ella más que una querella política, como lo declaró hace poco en la misma nota oficial en la que protestaba contra unos excesos detestables, los italianos han podido juzgar de otra manera que nosotros. Han sido engañados por la imprudente alianza de los siete cantones con Austria, cuya bandera parece destinada a llevar la desgracia a todo aquel que se cubre con su sombra. El lenguaje complaciente de los periódicos de Lucerna para con los opresores de Lombardía quería que se aliaran con la Dieta a las poblaciones italianas de los grisones y del Tesino, y por ellas al resto de la península. Lo que los escritores de Roma han separado de la maraña de la guerra civil de Suiza, lo que han aplaudido, es la derrota del gabinete de Viena y la humillación de su diplomacia. Esos son los reproches en que incurre el partido de los impacientes. En el fondo, su error principal es querer a la vez demasiadas cosas y demasiado pronto; es querer en dos años lo que tal vez sea obra de cincuenta. Su impaciencia se centra sobre todo en el temor a perder un pontífice inesperado, un príncipe del que no es digna la tierra. Cuando se han oído esos gritos prolongados de ¡Viva Pio Nono! y con qué acento tierno y suplicante se repiten, se reconoce en ellos otra cosa muy diferente de una aclamación banal: se reconoce en ellos una oración ardiente por la prolongación de esa vida de la que penden los destinos de Italia y del mundo. Esas poblaciones cándidas, si así os parecen, tiemblan siempre no sea que el cielo les retire a su padre, y con él sus libertades. Se empeñan en conseguir todo de Pío IX, como si no tuvieran que esperar nada de los que lo sucederán. Pero en eso se engañan, sin duda. Cuando la Providencia suscita un gran hombre que abre una nueva era, lo honra con un gran cortejo de sucesores que siguen el mismo camino. Y si se organizan fiestas aparatosas, procesiones algo tumultuosas, que perturban con excesiva frecuencia la tranquilidad del Corso y la soledad del Quirinal, téngase en cuenta sin embargo que se trata de una población habituada a vivir al aire libre, como los romanos y los griegos en el foro y en el ágora. Con frecuencia, en días menos agitados, he visto agrupamientos de seiscientos hombres en las plazas públicas; estaban allí para disfrutar del cielo tan puro, para respirar el aire tan agradable; cuando sonaba el Ángelus se descubrían para rezarlo juntos. Cuando la libertad llega a esas plazas, no es sorprendente que encuentre en ellas a mucha gente para acompañarla. Sin duda, las gentes de bien actuarán sabiamente en contener las manifestaciones populares y en no permitir que los gritos del exterior perturben los consejos del papado. Pero por reprensibles que sean la indiscreción de las demandas y la violencia de los gritos, ¿no sería honroso para un pueblo al que no se le pueden hacer otros reproches después de veinte meses de libertad y de un siglo de abusos? ¿No es admirable que no haya caído ni un solo cabello de la cabeza de nadie? ¿Que un palacio no haya visto sus puertas destrozadas, sus escudos rotos, en una nación tan violenta, en un país en el que se cree que los resentimientos son implacables, y que las venganzas son obligatorias? La revolución francesa comenzó también con auspicios tranquilizadores: el 4 de mayo de 1789 la religión presidió la apertura de los Estados Generales; pero ya en julio los insurrectos paseaban las cabezas sangrantes de Foulon y de Ber­thier, y en octubre Luis XVI volvía de Versalles, ¡bien se sabe acompañado de qué cortejo! ¿Y qué podría decir yo de lo que hemos visto en las insurrecciones de 1831, de 1832, de 1834, y también de las matanzas de Madrid? Demos gracias a Dios por haber librado a la ciudad eterna de espectáculos tan funestos. La fe del pueblo romano lo ha librado de los malos ejemplos de otros lugares y de las malas inclinaciones. La sangre de los mártires, fundadores de todas las libertades, que ha bañado esta tierra, le ha conseguido el privilegio de verse libre sin haber hecho correr más sangre cristiana. Yo creo firmemente que el futuro reserva a Pío IX problemas más serios. Lo creo por la gloria de ese gran papa. Dios no tiene la costumbre de suscitar tales hombres para las dificultades ordinarias. Si este papa no tuviera que superar más que ese entusiasmo, ese afán de la muchedumbre de los que tan pocos gobernantes tienen la suerte de poder quejarse, su misión parecería demasiado fácil, ocuparía un lugar menor en la historia. Su barca habría navegado por aguas muy tranquilas. Esperemos tempestades, pero no tengamos miedo como los discípulos, hombres de poca fe: Cristo está en la barca, y no duerme, jamás ha estado tan despierto como hoy. En la hora presente el peligro mayor sería dejarse llevar por la alarma que se oye, sería sembrarla nosotros mismos, comunicarla a los italianos. Pensemos en el mal que les haría la mala opinión de Francia, en la inquietud que esa alarma podría causar a los gobiernos, en la desconfianza que crearía entre los gobernados. Guardémonos de entristecer el gran corazón de Pío IX, que mira a veces hacia el otro lado de los Alpes, ese lado hacia el que sus predecesores no tenían más que acudir para conseguir que se levasen ejércitos al grito de “¡Dios lo quiere!” ¿No habría motivo para reprochar la indecisión de los católicos franceses? Yo sé que se nos ha defendido contra ese reproche. Es cierto que el episcopado ha dado un ejemplo admirable, que el clero ha pagado de su bolsillo, que ha sabido extraer de su escaso patrimonio un nuevo óbolo de San Pedro. Pero nosotros, simples creyentes, ¿hemos comprendido la grandeza de la causa que nos pedía nuestros corazones, a falta de nuestros brazos? Todos nos tenemos que preguntar: ¿encontramos en nuestras entrañas, encontramos para Roma esos gritos que hemos proferido en favor de Lucerna? ¿No dirigimos hacia el Vaticano miradas indecisas? ¡Ah! dejemos de lado esos temores, dejemos esos pensamientos desalentadores a los que tienen la desgracia de no creer, a los hombres de estado, que no pueden reconocer en el papado el secreto que ellos no han tenido de reconciliar al poder con el pueblo; dejemos a los enemigos del catolicismo, afligidos por ver en el renacimiento de la gloria del soberano pontífice un mentís a su arrogancia, e inconsolables al ver al mundo atraído por el amor a una religión cuyos funerales venían pronosticando desde hacía mucho tiempo. Ahora ya se saben las razones del temor; me queda exponer los motivos para esperar. La primera de esas esperanzas, la más fuerte, la más grata, y a la que me gustaría ver como dueña de todos los corazones es la que se basa en la persona misma del papa. Y no me refiero aquí a las promesas divinas ni a la indefectibilidad de la Santa Sede; me limito al terreno temporal, sin olvidar, pero sin referirme a consideraciones teológicas. Cuando Dios quiere hacer germinar en el mundo cristiano grandes hechos, comienza por sembrar santos en él. Hace algunos años un predicador que tiene el don de las palabras inspiradas, evangelizando a la juventud en Notre-Dame y echando una mirada triste sobre la Europa moderna, exclamó: “¡Dios mío, dadnos santos! ¡Hace tanto tiempo que no los hemos visto!” Pero alegrémonos: el cielo ha hecho más que lo que le pedimos. Ha hecho sentarse en la cátedra de San Pedro a un santo como tal vez el mundo no había visto desde san Pío V. No soy el único que lo dice, lo digo con Roma, la ciudad más creyente, pero tal vez también la más detractora del mundo; y a pesar de la capacidad de detracción de las lenguas romanas, sin piedad ninguna hacia los papas y los cardenales, no ha podido encontrar nada objetable en la juventud de un pontífice al que conocieron los romanos siendo aún laico, mezclado con la gente elegante de los salones y destinado al servicio militar. Esa pureza sigue siendo admirada, no solo por los devotos, sino por todos, y eso en un pueblo que tiene pasiones violentas, pero al que le gusta verlas vencidas. ¿Para qué repetir lo que sabe todo el mundo de la caridad de Pío IX, de sus primeros años de sacerdocio escondidos en la oscuridad de una obra de patronato, y luego de tantas instituciones benéficas en las que trabajó, en Spoleto, en Imola, pasando así sucesivamente por la escuela de san Vicente de Paúl y por la de san Francisco de Sales? Fue ciertamente el pontífice que hacía falta a un siglo que de todas las virtudes cristianas apenas si honra alguna que no sea la caridad, y no se rinde más que ante el ascendiente de las obras buenas. No se engañaban con él las buenas gentes de la casa Tata Giovanni, los antiguos alumnos de Mastai, el día en que oyeron que se le proclamaba en el balcón del Quirinal, y exclamaron fuera de sí: “¡Es nuestro papa! ¡Es el papa de los pobres!” En efecto, ese papa sigue siendo el suyo. No se ha sentido humillado al visitar a las viudas en sus buhardillas y a los niños en las escuelas. Se le ha visto en el hospicio de los Peregrinos arrodillarse delante de un sacerdote alemán y lavarle los pies. Al mismo tiempo, para solemnizar la semana santa, y a pesar del mal estado de las finanzas, distribuía limosnas inmensas y suprimió los impuestos de los productos tasados con menos de una piastra, es decir, los más molestos y los más numerosos. Su piedad es como la de esas almas místicas, piedad que se creía ya extinguida. Los que esperaban un pontífice sin prejuicios, que esperaban de él la abolición del monaquismo, del celibato eclesiástico, se han debido de ver muy sorprendidos al ver que es un hombre de oración, un sacerdote que derrama lágrimas al celebrar, un obispo que visita los conventos a toda hora del día y de la noche, que predica a sus párrocos, da la comunión a la gente, se sube al púlpito para recomendar el ayuno y prohibir la blasfemia. ¿Hay algo en el mundo tan humilde como esas actividades? Y, sin embargo, al practicar esas acciones pastorales, algo menos frecuentes hasta hoy por sus obligaciones políticas, al mostrarse obispo de Roma más que príncipe, ha empezado a ganarse las almas. La opinión popular ya le atribuye algunos milagros. Esa santidad que ilumina su noble y amable figura domina toda su vida y se comunica a todas sus acciones. Como ella inspira su autoridad en gran manera, se convierte también en el principio de sus reformas. Se ha mostrado mucho desprecio por las intenciones de Pío IX. Unos lo han tomado por un soberano débil, vencido por la popularidad; otros, por un político hábil, subyugado por las luces de su siglo. Pero él, en desahogos con personas amigas, ha confesado que al publicar la amnistía no pensaba más que en volver a Dios a muchos corazones desviados por los odios políticos. Y se vio que no se había equivocado cuando pocas semanas después un gran número de amnistiados, reunidos en la basílica de San Pedro ad Vincula comulgaron a la vez como para hacer pública su vuelta a una religión misericordiosa. Igualmente, la institución de la guardia cívica, que ha tenido el honor de asombrar y de preocupar a la mitad de los gobiernos europeos, era en la idea del papa sobre todo una medida enérgica contra la falta de trabajo, es decir, contra la peor plaga moral de Italia. Al poner bajo las armas a la muchedumbre de los sin trabajo que abundan en la ciudad y en los campos, se los somete a la fatiga del ejercicio físico, a la disciplina militar, y no solo los libraba de las tentaciones de la pereza, los formaba en el trabajo. Se pensaba que él quería darse soldados, pero se ocupaba ante todo en formar ciudadanos. Sucede lo mismo con el resto de sus planes. Y mientras se discute en el extranjero si el papa perderá la soberanía o si el papa la salvará, la verdad es que el papa se desprende de ella. ¿Y cuándo se ha visto hasta hoy a un príncipe en plena posesión de sus derechos despojarse voluntariamente de ellos sin ser provocado, a pesar de la oposición, a pesar de las objeciones de las cortes vecinas alarmadas por un tan mal ejemplo? Es al pie del altar y en la oración donde un hombre encuentra el secreto de esa fuerza en contra de sí mismo y en contra del mundo entero. Solo la conciencia es capaz de esas novedades atrevidas; y Pío IX no tiene tal vez una gloria mayor, no ha hecho una revolución más señalada que la de haber suprimido la antigua separación entre la conciencia moral y la conciencia política, haber abolido esa doctrina de la razón de estado que el concilio de Trento rechazó enérgicamente, pero que trescientos años de realeza volvieron a confirmar en todos los tronos. La santidad es siempre grande ante Dios, y es sobre todo poderosa sobre los seres humanos cuando está sostenida por una inteligencia hermosa y un carácter firme. Sin hablar de esa elocuencia de la que el papa Pío IX ha recibido el fuego sagrado, cuyo calor contenido anima sus palabras y las hace salir temblorosas de sus labios; me detengo en un don más raro y menos común, en la sabiduría que revelan sus instituciones. Se ha repetido mucho la palabra concesiones. No faltan sin embargo los ejemplos para comprender el sentido de esa palabra. Recuérdense los hechos arrancados al rey de Nápoles por la justa cólera de Sicilia. Todo en ellos revela la prisa por huir de la insurrección que rugía en el exterior; todo mostró la imitación precipitada de las instituciones extranjeras. ¡Eso son concesiones! Pero cuando, por el contrario, una reforma política se apoya a la vez en las leyes antiguas y en las nuevas costumbres; cuando está todo bien calculado pensando en las necesidades del país, en su genio, en sus debilidades, ha de reconocerse un plan madurado por el estudio y no hecho a toda prisa por temor. Ese es en efecto el carácter principal de las fundaciones principales de Pío IX, del nuevo senado de Roma, por ejemplo, y de la consulta de estado. Las mentes foráneas que no conocen la historia de Italia han podido sentirse sorprendidas al ver en el Capitolio un concejo municipal formado por cien personas, de las que solo cuatro son eclesiásticos, y solo quince son grandes propietarios. Ante una organización tan democrática se siente con frecuencia la inquietud de todo lo que suscita en cuanto a desórdenes el recuerdo la Comuna de París. Bastaría estudiar la historia de la Edad Media para encontrar en Roma una potente representación popular, para reconocer que toda la fuerza de Italia estuvo en sus comunas, que ella no tuvo jamás instituciones más nacionales, más tradicionales, y en consecuencia mas conservadoras, y que, en fin, fue a través de las municipalidades como se pudo comenzar la educación política de los ciudadanos con más esperanza y con menos peligro. La consulta de estado tiene raíces parecidas en el pasado, y trae a la memoria un cuerpo consultivo creado por otro papa ilustre, Nicolás V hace cuatro siglos, pero que Pío IX ha renovado, secularizado, animándolo con esa vida que da a todas las obras de sus manos. Ahí está el sello del estudio, la marca de la inteligencia; solo queda hablar del carácter. Pío IX ha tenido mucho cuidado, así me parece, en probar a toda Europa la libertad, la firmeza, la perseverancia de sus resoluciones. Va desarrollando lentamente unos planes madurados en la meditación y la oración. Los que conocen al antiguo obispo de Imola saben qué deseos de reforma alimentaba, con qué interés y con qué candor, al dirigirse al cónclave, recibía las peticiones y las quejas de los romañoles, prometiendo apoyarlos ante el futuro papa. Al día siguiente en el que fue aclamado como soberano pontífice, Roma entera esperaba la amnistía. Él la hizo esperar un mes; no quería que el perdón pareciese forzado por el entusiasmo de un día de fiesta, y aún menos por las inquietudes de un primer día de reinado. Nadie contaba con ello cuando el 16 de julio de 1846 el decreto fijado en las plazas llenó al pueblo de sorpresa y de alegría y lo movió a ir en masa, ebrio de agradecimiento, bajo las ventanas del Quirinal. ¡Cuántas veces, durante el invierno pasado, he oído a los romanos criticar la demora de esas dos leyes sobre la guardia cívica y sobre la organización del senado, leyes que, de creerles a ellos, podrían ellas solas abrirles la tierra prometida de la libertad! Esas leyes no aparecieron hasta julio y octubre, pero redactadas con un vigor que no dejaba lugar a lamentar la demora. La creación del consejo de ministros, prometido en el mes de junio, no tuvo lugar hasta el 29 de diciembre, pero ese hecho, cuya influencia beneficiosa se comienza a comprender ahora, contiene en sus noventa y ocho artículos toda una reforma administrativa. Es un dicho favorito del papa, “que quiere caminar como la tortuga, lentamente, pero sin detenerse”. No se piense que se ha detenido: acabamos de enterarnos de la que será tal vez la más decisiva de sus medidas, la que debía sellar la alianza entre el gobierno eclesiástico y la libertad; la espada se ha trasladado a manos laicas, y el ministerio de la guerra ha sido confiado al conde Gabrielli, un antiguo soldado de Napoleón. ¿Y qué es, en fin, esa excelente institución de los auditores añadida a la consulta de estado y al consejo de ministros, si no la institución de dos escuelas abiertas a la juventud laica y a todos los progresos legítimos del futuro? Si se piensa que eso es demasiado poco, si se lamentan las consideraciones que Pío IX tiene todavía para con las susceptibilidades honorables, para con los antiguos servicios, si alguien se queja de la lentitud del papa, que no se decide a multiplicar las destituciones, recuerde que no le está permitido al papa ser papa de un partido, el papa de los impacientes, no más que el papa de los retrógrados. Tiene que ser el papa incluso de la misma Austria, y los italianos no deben olvidar los reproches que Dante pone en labios de san Pedro contra los pontífices que habían dividido en dos partes al pueblo cristiano: Non fu nostra 'ntenzion ch’a destra mano De nostri successor parte sedesse, Parte dall' altra del popol cristiano!1 Sin duda ese es el carácter de Pío IX, el de unir en una voluntad todos los días dueña de sí misma una sensibilidad exquisita, pronta a manifestarse por todos los signos de tristeza y de alegría; una amabilidad extrema que se retrae ante las medidas de rigor, ni rastro de esa rigidez que pasa por ser una muestra de fuerza, ni de ese desprecio por los seres humanos que se interpreta como desprecio de la popularidad. Yo veo en él la misma ternura de corazón, la misma vacilación, la misma facilidad aparente en rebajarse y en recuperarse que se encuentra en los pontífices más heroicos de la Edad Media, por ejemplo, en Gregorio VII. Hay unas cartas admirables de Gregorio VII a Desiderio, abad de Montecasino, en las que ese gran papa confía a su amigo todos los temores, todos los desfallecimientos de su alma, abrumada bajo el peso del pontificado. En aquel siglo de hierro en el que Dios lo ha colocado, “la vida le resulta enojosa, y la muerte deseable”. Su desaliento llega casi a ser desesperación. Y más tarde, cuando también él comienza la obra de las reformas, los impacientes se quejan de que es blando. Los sajones sublevados le escriben, le urgen durante cuatro años, le reprochan su vacilación en deponer a un emperador cubierto de crímenes. La historia ha hecho justicia a esos reproches. Pero ciertamente yo no conozco nada tan bello como esos corazones frágiles que se mantienen firmes ante los grandes deberes. Dios revela más claramente su mano en la obra de esos hombres, no de bronce, sino de carne, que parecen estar siempre a punto de sucumbir. Los contemporáneos los acusan de timidez; la posteridad se asombra de su audacia. Tal es la primera de nuestras esperanzas. Queda mencionar rápidamente las otras. Y en primer lugar no creamos que el papa esté solo como se ha repetido muchas veces. Los príncipes notables acaban pronto o tarde por suscitar buenos ciudadanos. Entre los impacientes y los retrógrados Pío IX ha sabido formar un séquito de consejeros inteligentes y fieles, tan decididos a defender el poder como el progreso de las instituciones. Los ha encontrado en el Sagrado Colegio, en ese cuerpo hacia el que no siempre se es justo, que en dos días y sin la intervención de los gabinetes, ha sabido apoyar a un papa reformador, que le ha dado unos ministros tales como Gizzi y Ferretti, unos representantes intrépidos como Ciacchi en Ferrare, populares como Amat en Bolonia; en fin, unas luminarias como Mai y Mezzofanti. La nobleza romana, sorprendida en un primer momento, se ha asociado en parte alrededor de una política que le saca del aburrimiento de la ociosidad, y los hijos de los príncipes, bajo las hombreras de lana, han integrado los rangos de la guardia cívica. Hay que reconocer también algunas garantías de seguridad en la consulta de estado, pues sus veinticuatro miembros han sido escogidos entre una lista triple redactada previamente por los gobernadores de las provincias. Pío IX no ha abierto las puertas del Vaticano a un puñado de facciosos. En fin, la obra pacífica de Roma tiene sus apoyos de una punta de Italia a la otra, en el gran número de hombres eminentes que honran a un país menos agotado de lo que se cree. Mientras que la ciudad santa se moviliza o se calma bajo la elocuente palabra del padre Ventura promulgando ante el catafalco de O'Connell la Carta de las libertades cristianas, mientras que los ardores de la prensa romana se van calmando por el patriotismo paciente de Orioli y del marqués d'Azeglio, Florencia, Turín, Milán, Venecia han encontrado palabras que dan lugar a la confianza del país y al respeto del extranjero. No me refiero a los dos soberanos que han tenido el mérito más grande de lo que se piensa de seguir una iniciativa por la que no recibirán honores, y de la que sin embargo comparten los riesgos valerosamente. ¿Pero quién podría tratar de acercarse sin veneración al noble Gino Capponi? Dios lo ha puesto a prueba privándole de la vista, pero en lugar de la luz terrenal le ha dotado de una claridad de inteligencia que hacen de él una de las luminarias de la Toscana. ¿Y cómo no honrar al sabio conde Balbo, que hace cuatro años saludaba a las Esperanzas de Italia; al marqués de Cavour, cuyo nombre es tan apreciado por los lectores del Correspondant, a Tommaseo, a Cantù y tantos otros, que pueden dar tranquilidad a los preocupados, sea por la elevación de su clase, sea por la seriedad de su carácter, por el brillo de sus talentos, o de sus buenas obras, fieles a la fe de su cuna, o atraídos a ella por el mismo camino por el que atrajo a los gloriosos prisioneros del Spielberg? Hay ahí más que las garantías del censo y de la capacidad, más que intenciones honradas, hay ahí doctrinas, hay una filosofía cristiana que se ha convertido en el resorte y a la vez en la regla del movimiento político. Las falsas filosofías de Francia y de Alemania han sido detenidas al pie de los Alpes por la autoridad de esos pensadores demasiado poco conocidos, Galuppi, Rosmini, Gio­berti: Gioberti, que ha escrito un último libro totalmente lamentable, juzgado justamente con severidad, pero que me gusta pensar que él no hubiera escrito jamás esas páginas si hubiera podido creer que se harían con ellas pancartas incendiarias. A pesar de todo, los católicos no olvidarán sus muchos servicios; recordarán que en su Introducción a la fi­losofía Gioberti ha defendido el dogma de la creación por una metafísica que se ha de reconocer como sólida y vigorosa. Recordarán el excelente tratado Sobre lo bueno y lo bello, y, en fin, la Primacía de los italianos, en el que se puede encontrar mucho que criticar, pero en el que uno se sorprende de encontrar, redactado con ocho años de antelación, el programa entero de la reforma italiana: el catolicismo, principio de toda la grandeza de Italia, no hay salvación fuera del papado, la libertad imposible sin el concierto de los príncipes y de los pueblos, la reforma y no la revolución. ¡Oh! si mi voz se pudiera elevar a tal altura que pudiera ser oída por ese hombre ilustre, le conjuraría por su gloria, por su país al que él ama más que a la gloria, que desautorizara a los que profanan su nombre al asociarlo a los gritos de desorden, que no permitiera ser utilizado para proteger las pasiones violentas, ni que se le mezcle con nada que pudiera engañar a la posteridad cuando juzgue a los nombres grandes de hoy. Pero el apoyo más firme del pontífice reformador es, después de Dios, el pueblo. Los inteligentes repiten con frecuencia que la desgracia de Pío IX es la de trabajar en el vacío, de no tener una clase media interesada a la vez en la duración y en el progreso de las instituciones. En primer lugar, la clase media no falta en las grandes poblaciones romanas, aunque hay en ellas más gentes de letras que de advenedizos, aunque sean en ella menos numerosos que en otros lugares los industriales y los hombres de finanzas. Además, habría que saber si no es una suerte que haya algún lugar en la tierra en el que no esté todo el poder en las manos que manejan el oro. Sin duda, la burguesía de Roma no ha podido dejar de ser influida por el deísmo del siglo XVIII, como en otros tiempos por el ateísmo del siglo XVI. Sin embargo, el pequeño número de espíritus así influidos ha tenido al menos la sabiduría de comprender que sin el papa, la ciudad de los Césares, la ciudad de las ruinas y de la fiebre descendería al sexto lugar entre las ciudades de Italia y volvería a ser lo que fue en tiempos del cisma de Aviñón, una ciudad de diecisiete mil habitantes. Pero el gobierno pontificio tiene una base sólida de otra clase en la población que no hay que juzgar por las modelos de los talleres de pintura, ni por los cocheros de la plaza de Spagna; se trata de esos hombres de los barrios, de los campesinos del Lacio y de la Sabina, violentos, pero celosos del honor de sus familias, orgullosos de sus tradiciones heroicas. Inquebrantables en sus creencias. No los comparen a los franceses de 1793, que, dicen ustedes, cumplieron aún con Pascua en 1789. Dios me libre de despreciar a mi país, pero los italianos no han sufrido la influencia de trescientos años de calvinismo, de jansenismo, de rigorismo. Jamás se les ha hecho ver que la conciencia es una carga, que las iglesias son prisiones desnudas y blanqueadas. La religión, que no permite sus vicios, aunque se haya hablado de ello demasiado, en ese sentido, no rechaza sus fiestas, sino que las consagra, consigue mantener a la mayor parte dentro de los límites de las alegrías permitidas; es el consuelo, el honor, el amor de tantos miles de hombres que no podrían prescindir de su fe como no podrían prescindir de su sol. Y así, cuando hace poco una proclama deplorable cubría los muros de Livorno, los facciosos que la habían redactado, sabiendo con quiénes se las tenían que ver, empezaban pidiendo en primer lugar oraciones públicas. En Cagliari, una larga procesión de sacerdotes y de monjes, llevando las andas de santos, acompañó hasta el puerto a la diputación que llevó al rey Carlos Alberto las peticiones de Cerdeña. Palermo ha luchado durante ocho días al grito de ¡Viva santa Rosalía! Esas gentes recuerdan a los bizarros de la Edad Media: no considerarán que su libertad es segura hasta que no hayan puesto el decreto de libertad sobre el altar. En Roma las pasiones más irritadas respetaron siempre la persona del vicario de Cristo. Unos años antes de la muerte de Gregorio XVI corrió el rumor un día de que el papa, asustado por el descontento público, pensaba en dejar la ciudad; su coche atravesó el Transtévere; diez mil hombres acudieron precipitadamente a su encuentro “Santo Padre, dijeron, no os marcharéis, y nosotros os defenderemos”. Era el papado lo que honraban en aquel anciano calumniado, como es el papado lo que aman, lo que los hace felices ver triunfante en la persona de Pío IX. He sido testigo de esos transportes, de esa alegría de la multitud que se apiñaba a su paso y se disputaba su bendición; he escuchado esas aclamaciones apasionadas y familiares por aquel a quien llaman “su padre muy querido, su obispo adorado”. La misma emoción se comunicaba a las provincias, a las poblaciones que de su soberano solo conocían probablemente el nombre. Hasta en las montañas de la Umbría oía yo a las gentes del campo, a los últimos pastores del atardecer, saludarse y reconocerse por la exclamación: ¡Viva Pio Nono! ¡Ojalá los espíritus divididos, fatigados, desorientados por la oscuridad de las doctrinas falsas, puedan reconocerse y acercarse también por medio de esa exclamación convertida en contraseña de la fraternidad cristiana! En lugar de reprochar a los italianos la candidez a veces pueril de su entusiasmo, desconfiemos de una sabiduría que solo tuviera temor, y recordemos que la esperanza es una virtud. Pero ¿qué es lo que hay que esperar? Dos cosas: una, por el interés de Italia; otra, por el de la cristiandad entera. Hace mucho tiempo que Italia pasa por estar muerta. El siglo XVIII se dedicó a decidir que en esa nación sacerdotal había cesado toda forma de vida por culpa del papa y del monaquismo. En 1815 los hombres de estado colocaron a la muerta en la tumba, sellaron la piedra y pusieron guardias. Los poetas fueron a visitar la sepultura, lord Byron y Lamartine lloraron en ella con versos inmortales a aquella Italia “¡a la que el Cielo hizo el regalo fatal de la belleza, cuyos ojos tan amables están velados por las lágrimas y la vergüenza, victoriosa o vencida, siempre esclava!” Sin duda, todo parecía darles la razón: la insolencia de los conquistadores extranjeros, la indiferencia aparente de las poblaciones conquistadas, una sociedad desarmada por el placer, una juventud lánguida que pasaba sus días arrodillada a los pies de las mujeres. Parecía que este país admirable no fuera más que un lugar de ocio y de ensueño. Lo más que se oía en él era el ruido de los músicos, el sonido de las voces y de los instrumentos. Pío IX ha llegado, como fue Cristo a casa de la hija de Jairo, ha expulsado, también él, a los flautistas, a las plañideras, y tomando a la hermosa joven por la mano, ha dicho a la Europa sorprendida: “Esta joven no está muerta, está dormida”. Muchos se enterarán de ello a la fuerza: habrá políticos que se inquietarán por tener que contar con otra nación, por consiguiente, con otra dificultad más. Habrá personas sin trabajo que lamentarán no encontrar ya un lugar en la tierra donde no se les despierte con el tambor, perseguidos por los ecos de la tribuna y de la prensa. Es sin duda lamentable que la Providencia no haya creado el país más hermoso del mundo para pasear por él el tedio de algunos ricos, y a veintiséis millones de seres humanos para llenar con cantores y bailarinas los teatros italianos de Viena y de París. En cuanto a nosotros, que no tenemos esos motivos de queja, esperamos que la Italia resucitada no se vuelva a dormir. Fue necesaria la intervención del papado, de un poder espiritual actuando por medios espirituales, para conseguir el despertar de los espíritus. Pío IX ha movilizado a Italia por eso camino de progreso cristiano, que es para ella el único camino de la gloria y su futuro. Le ha enseñado, y esa será tal vez un día la obra más grande de este gran papa, le ha enseñado, por primera vez desde hace mil quinientos años, a terminar con sus querellas sin apelar al extranjero. Ha firmado para ella un acta de unión que recuerda el tiempo heroico de Alejandro III y de la Liga Lombarda, que prepara la llegada de una nueva confederación italiana. Le ha dado el ejemplo de calma en el interior, de dignidad en el exterior. Esperemos que ella siga esas lecciones, que ella sepa encarnar el pensamiento del pontífice en unas instituciones duraderas, que ella vuelva a encontrar aquel genio práctico de los antiguos romanos, el buen sentido, que es el rector de los asuntos humanos. De ese modo Italia dará un nuevo espectáculo, una prueba más, una prueba consoladora, para Irlanda, para Polonia, para todos los países vendidos, mutilados aplastados por sus señores, que las naciones cristianas no mueren nunca. Eso ya es mucho, pero no es suficiente. Mientras que nosotros pensamos que Pío IX está entregado sin reservas a los intereses de su pueblo, está trabajando por nosotros, por la cristiandad, por el futuro del género humano. Desde hace tres siglos la civilización cristiana se ve inquietada, a veces detenida en su marcha por una cuestión formidable. Se trata de conciliar la religión con la libertad. Los hombres no quieren, no pueden escoger entre esas dos cosas que se les dice ser incompatibles. De ahí viene la angustia de tantos espíritus y los combates secretos de tantos corazones. ¡Cuánto no han sufrido nuestros corazones, por ser católicos celosos por las libertades modernas! ¿Cuántas veces no se nos reprochan las esperanzas de nuestra juventud y la confianza que teníamos de acercar y de unir dos principios enemigos? ¿Cuántas veces los que tienen la desgracia de no creer nos pronosticaron que pronto o tarde los anatemas del Vaticano frustrarían nuestras ilusiones? Pero nosotros sabíamos muy bien que el Vaticano no condenaría jamás ni la doctrina de santo Tomás de Aquino sobre los derechos de los pueblos ni los ejemplos de los papas de la Edad Media, aquellos flagelos de los tiranos. Pero estábamos lejos de creer que la Providencia nos reservara para uno de esos momentos en que la política sagrada de la Iglesia se declarara por medio de hechos importantes. La Iglesia, por utilizar una bella idea del padre Ventura, se encuentra en una situación que, quinientos años a partir de este momento, marcará tal vez una de las grandes épocas de la historia, que pondrá a prueba la agudeza de los filósofos y de los publicistas. Ella se vuelve a ver en el punto en que estaba al comienzo de siglo VIII. Se encontraba entonces ante aquel antiguo imperio que ella amaba, de Constantino y de Teodosio, y cuya antigüedad admiraba. Desde hacía trescientos años Occidente obedecía a los bárbaros y los sabios de aquel tiempo podían reprochar al papado no conocer el presente y encadenarse al pasado, a aquel trono carcomido de los césares bizantinos cuyos escalones crujían bajo el peso de los eunucos y de las cortesanas. El papa san Martín se dejó llevar de Roma, que lo pasearan como a un criminal por las calles de Constantinopla, ser arrastrado por los pies, con la cabeza ensangrentando el suelo. Los emperadores iconoclastas armaban flotas para ir a pegar fuego a las costas de Italia, que les suplicaban la defendieran contra las violencias de los lombardos. Y sin embargo los papas perseveraban en su fidelidad. Daban un ejemplo útil de paciencia, de respeto por los viejos derechos anticuados; mostraban qué cosa tan temible es, y a la que hay que decidirse muy lentamente, tratar de romper con un poder antiguo, con un principio de orden, incluso cuando este está resquebrajado por sus propios excesos. Pero llegó el momento en el que la tiranía rebasó toda medida. León I Isáurico amenazó con enviar una fuerza a Roma y romper allí las estatuas de los apóstoles Pedro y Pablo. Entonces el papa Gregorio III le escribió: “Intentadlo. Intentad tocar las imágenes de los santos apóstoles, y veréis a los hombres del norte venir a vengar las injurias contra la Iglesia; pues los bárbaros moderan sus costumbres, y vos, príncipe de un pueblo sometido, vos volveréis a la barbarie”. Al mismo tiempo envió una embajada a Carlos Martel para ofrecerle el título de patricio y de protector de la Iglesia. Carlos-Martel, sin embargo, no era más que un hombre de guerra, poco respetuoso con las inmunidades eclesiásticas. El papado lo sabía, pero había presentido todo el vigor y la savia que había en aquella raza carolingia. Y al final del siglo, León II, consumando la ruptura con el antiguo imperio, coronó a Carlomagno. La situación presente es semejante. El papado ha visto por un lado a la monarquía absoluta, respetable por sus recuerdos, pero ya perdida, como se pierden todos los poderes, por sus fallos, por el escándalo de sus costumbres, por la usurpación de los derechos de Dios, por sus invasiones de las conciencias. La Iglesia la veía como a un gran cuerpo cuyo espíritu va desapareciendo, y sin embargo seguía siéndole fiel, como se es a un agonizante cuyos últimos días ella hacía respetar, a pesar de los reproches de los impacientes, que se extrañaban de tanta obstinación. Pero ahora que ella ha envejecido junto al lecho fúnebre y ha celebrado la ceremonia de las exequias, el papado se vuelve hacia la democracia, hacia esa heroína salvaje de la que el padre Ventura hablaba, se vuelve hacia esos bárbaros de los nuevos tiempos, de los que ella no pasa por alto ni los instintos violentos ni la dureza de corazón. Pero ella ve en ellos en primer lugar el gran número, el número infinito de las almas que hay que volver a conquistar y salvar; en segundo lugar, la pobreza que Dios ama, la pobreza que constituye su fuerza, que no comercia ni su sangre ni sus sudores, a la que pertenece el futuro. He ahí por qué el papado se pasa al lado de los bárbaros. Pero los papas del siglo VIII encontraron en Francia más que su ayudante más intrépido; ahí consiguieron miles de hombres de hombres heroicos para ir a evangelizar a los bárbaros del norte, para darles, no solo la fe, sino leyes, ciudades y escuelas. Que el pontificado moderno oriente también a los católicos franceses por el camino que está abriendo. Sacrifiquemos nuestras repugnancias y los resentimientos para volvernos hacia esa democracia, hacia ese pueblo que no nos conoce. Vayamos a él no solo con nuestras predicaciones, sino con nuestras buenas obras; ayudémosle no solo con la limosna que ata a los hombres, sino con nuestros esfuerzos para conseguirles instituciones que les liberen, y los hagan mejores. Pasémonos a los bárbaros y sigamos a Pío IX.